El mérito de Donald Trump, gane o pierda las elecciones presidenciales de Estados Unidos, es haber detectado una corriente de malestar profundo con las instituciones y los políticos tradicionales. ¿Populismo? ¿Nacionalismo? Hay elementos de ambos, y mucho más.

 

Durante más de un año, desde que el aspirante republicano a la Casa Blanca anunció su campaña, se  ha buscado las razones del éxito de Trump. Este es un viaje en cinco etapas —cinco instantáneas, fragmentarias por definición— en busca de las claves de un fenómeno que se estudiará cuando hayan pasado décadas de las elecciones de 8 de noviembre.

 

 

COMENZAR VIAJE

AGOSTO 2015 NEW HAMPSHIRE

UNA FIEBRE

VERANIEGA

 

Parecía una fiebre veraniega.

 

“Hablemos en dos o tres meses”, dijo a un grupo de periodistas Jeb Bush, el ungido por las élites para batirse con la demócrata Hillary Clinton en las elecciones del 8 de noviembre de 2016. Bush, exgobernador de Florida e hijo y hermano de presidente, era el más experimentado, el más serio, quizá el más sensato entre la multitud de republicanos que aspiraban a lograr la nominación tras el farragoso proceso de elecciones primarias.

 

Donald Trump, un magnate de la construcción más conocido por los rascacielos que llevaban su nombre, su trayectoria de playboy de serie B y sus programas de telerrealidad, era el más inexperimentado, el menos serio, el más irracional. Un bufón y un provocador. Una fiebre pasajera.

 

LOS VOTANTES REPUBLICANOS NO QUERÍAN SABER NADA DE LO QUE SUS ÉLITES LES HABÍAN VENDIDO EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

 

En dos o tres meses nadie se acordaría de él. Así se veía a Trump en el verano de 2015. Pero las señales —las señales de que podía ser más que una fiebre pasajera— saltaban a la vista.

 

Las colas que se formaban en sus mítines. El entusiasmo de sus seguidores. La intuición que él, y nadie más, tuvo: que los votantes republicanos no querían saber nada de lo que sus élites les habían vendido en las últimas décadas. Que en Estados Unidos había millones de personas que se sentían despreciados por los políticos de ambos partidos, millones de personas en busca de un líder, de alguien que les diera voz.

 

Trump

Las élites —y al frente de ellas la dinastía Bush— decían: libre comercio. Las bases respondían: los acuerdos de libre comercio han provocado el cierre de fábricas en Estados Unidos y han dejado sin oportunidades a la clase trabajadora.

 

Las élites: Estados Unidos debe arreglar los problemas del resto del mundo, con guerras si hace falta. Las bases: estamos hartos de guerras y el próximo presidente debe dedicarse a resolver ‘nuestros’ problemas, no los de los demás.

 

ADEMÁS DE ATRAER MÁS Y MÁS SEGUIDORES A SUS MÍTINES TAMBIÉN ATRAÍA A MÁS Y MÁS PERIODISTAS

 

Las élites: la inmigración será necesaria para la economía. Las bases: los inmigrantes nos quitan el trabajo y amenazan nuestra identidad.

 

Trump entendió todo esto antes que nadie. Además de atraer más y más seguidores a sus mítines también atraía a más y más periodistas.

 

Un día de aquel verano de ruido, circo y furia, en una escuela de Derry, un pueblo de New Hampshire, Trump habló con la prensa antes de dirigirse al millar de personas que llenaban la sala. Y se notaba que disfrutaba con sus propias astracanadas, y que la prensa disfrutaba escuchándole, y que Trump disfrutaba viendo cómo los periodistas disfrutaban, y cómo les manipulaba.

 

Era el producto televisivo perfecto.

 

—Habla directo. Dispara directo. Y no teme decir lo que, desde hace años, todo el mundo está pensando —dijo Ken Brand, un camionero de 56 años jubilado prematuramente por una lesión en la pierna.

 

—¿De qué se trata?

 

—De echar a todos los ilegales. De recuperar este país.

 

DICIEMBRE 2015 IOWA Y VIRGINIA

HABLAN LOS

TRUMPISTAS

 

Jeb Bush falló en su vaticinio. No fue el único. En diciembre de 2015, a falta de dos meses para que el pequeño estado de Iowa abriese al baile de caucus (asambleas electivas) y primarias, Trump seguía encabezando los sondeos.

 

bocazas excéntrico y maleducado, un gamberro adicto a los comentarios machistas, xenófobos y autoritarios?

 

 

¿POR QUÉ MILLONES DE ESTADOUNIDENSES CREÍAN A UN BOCAZAS ADICTO A LOS COMENTARIOS MACHISTAS, XENÓFOBOS Y AUTORITARIOS?

 

A continuación, algunas opiniones recogidas aquel invierno en mítines en Iowa y Virginia, y la opinión de un psicoterapeuta.

 

“Nuestro país está inundado de personas que no quieren hablar inglés, que no quieren ser americanas”. Neal Kriete, soldador jubilado de Hayes (Virginia).

 

“Estamos en el gran estado de Virginia, que representaba a la Confederación. Los sureños estamos muy orgullosos de nuestra herencia, de las tradiciones que están desapareciendo, como Dios, familia, país, todos estos valores que amamos, como la Segunda Enmienda”, Jason Sulser, un hombre que exhibe en un mitin de Trump la bandera con la cruz de San Andrés con estrellas sobre fondo rojo, el emblema confederado que muchos estadounidenses asocian con el esclavismo de los estados del sur. La Segunda Enmienda de la Constitución garantiza, según la interpretación vigente, el derecho a portar armas de fuego.

 

“¿Para qué diario de izquierdas trabaja usted?” Karlis Norkus, un expolicía originario de Letonia que ejerce de conductor de autobús.

 

“EL PAÍS”.

 

“¿De Arabia Saudí?”

 

Después añade: “El terrorismo ya está aquí, por eso llevo un arma allí adónde voy. Yo no voy a ser un cordero… Cuando hay una zona libre de armas, el lobo entra y dispara a los corderos, y los corderos no pueden hacer más que decir: ‘Beeee. Y morir”

 

“Parece que Trump no gusta a nadie… excepto a millones de votantes americanos”. John Anderson (Illinois).

 

Diálogo en Davenport (Iowa) entre dos mujeres republicanas, una partidaria de Trump y otra detractora:

 

–Conozco a demasiadas mujeres republicanas que me dijeron que jamás votarán por él.

 

–Yo soy una mujer republicana.

 

MARC  BASSETS  para  El País

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