Escribe : Isaac Bigio (*)

Como uno de los films del momento es «Barbie», en muchas manifestaciones se suele equiparar a este maniquí con Dina, tal vez indicando que ella es un juguete de los grandes poderosos.

«La descarada»

Sin embargo, la muñeca más popular de la dictadora ha sido esa tan grande que se paseaba en el Cuzco y que se le denominaba «La descarada». En muchas partes se hacen piñatas de ella o de Keiko que terminan destrozados a palos o por el fuego.

Por sus rasgos físicos o emocionales, Dina no tiene nada de Barbie. En cambio, sí tiene mucho de barbárica.

Solo una bárbara pidiese debutar su gobierno disparando contra sus propios paisanos de Apurímac, para luego haber tenido la única presidencia peruana que ha matado a balas a manifestantes en 2 ciudades con más de un cuarto de millón de habitantes (Ayacucho, 15/12/2022, y Juliaca 9/1/2023). Ha sido la peor masacre en importantes ciudades peruanas, luego de la carnicería del fascista Sánchez Cerro hace 9 décadas, en el «año de la barbarie» de 1932.

Cuando el 28 de julio daba su mensaje presidencial implorando perdón por esas muertes, ella militarizaba su entorno llenando Lima de tanquetas (incluyendo las de la Marina de Guerra) y ordenando a sus uniformados disparar gases o perdigones con armas de fuego.

La mujer que quiere aparentar ser una «Barbie» del diálogo y del amor, simultáneamente pedía crear un nuevo cuerpo policial dedicado a reprimir y demandaba al Congreso que le dé 120 días para hacer lo que guste e imponer el orden y la seguridad (no contra la delincuencia, como proclama, sino contra las protestas, lo cual para ella es lo mismo).

Su primer (y tal vez último) discurso presidencial fue «bárbaro» (en el sentido que le dan los argentinos. por ser sumamente extenso y repleto de promesas), pero también lleno de «barbaridades» (como en decir que todos los graves problemas del país empezaron con Castillo, en cuyo gobierno ella estuvo sirviendo como ministra y vicepresidenta).

Dina quiere que el Perú entre en la barbarie (por la represión y la falta de principios y escrúpulos de sus gobernantes que en el poder ejecutan 100% lo opuesto a lo que prometieron para ser electos).

(*) Isaac Bigio. Politólogo economista e historiador con grados y postgrados en la London School of Economics.

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