ESCRIBE: ALEJANDRO SANTA MARIA

Con Daniel Hidalgo Gamarra. Gracias a él es en mucha cuenta el ensayo sobre Manuel Arévalo. Con Daniel somos compañeros apristas de vieja data. Él, generosa y fraternalmente, me facilitó los libros fuente, ya agotados. Durante una larga caminata de varias horas, desde la Plaza Túpac Amaru hasta el parque César Vallejo floreció el ensayo.

Daniel es una enciclopedia viviente sobre el ‘Cholo de Chicama’ y autor del libro: ‘Arévalo, el hombre completo’. A continuación el ensayo completo de Alejandro Santa María, para todos nuestros lectores.

El análisis del escenario político contemporáneo en el espacio peruano y, por extensión, en toda la masa continental de Indoamérica, exige una aproximación desprovista de complacencias retóricas. Nos encontramos en un punto de quiebre histórico donde las demandas estructurales que dieron origen a las primeras vanguardias sociales del siglo XX —la redención de las clases productoras, la soberanía económica frente a los enclaves capitalistas extranjeros, la descentralización del poder y el imperativo de una integración continental— han adquirido una vigencia dramática y renovada. Sin embargo, la paradoja de nuestro tiempo radica en que los vehículos históricos destinados a encauzar estas demandas se encuentran en un estado de postración institucional y colapso moral.

El Partido Aprista Peruano (A.P.R.A.), concebido originalmente por Víctor Raúl Haya de la Torre, Antenor Orrego y la brillante generación de las Universidades Populares, entre otros muchos, como una escuela de magisterio cívico, un frente único de clases y una fuerza de vanguardia intelectual y obrera, se halla en una situación de cuasi extinción. Este fenómeno no es el resultado fortuito de un ciclo electoral adverso, sino la consecuencia lógica de un largo proceso de degradación interna. El descrédito absoluto de su cúpula dirigencial, caracterizada por un pragmatismo amoral y un desprecio sistemático por la consistencia doctrinaria, se ha visto complementado por la mediocridad cívica y la inercia intelectual de la gran mayoría de sus afiliados contemporáneos. El término «aprista», que en las décadas de 1930 y 1940 era sinónimo de rigurosidad teórica, integridad moral, disciplina inquebrantable y entrega mística a la causa de los desposeídos, ha dejado de ser un referente ejemplar ante los ojos de la ciudadanía. El militante promedio ha trocado el debate de ideas por el clientelismo burocrático, convirtiendo lo que fue un movimiento de transformación histórica en una maquinaria fenecida de transacciones menores.

A contrapelo de esta decadencia institucional, la figura ecuménica de Manuel Arévalo Cáceres emerge desde el subsuelo histórico con una potencia incólume, experimentando un fenómeno inverso: su estatura moral e histórica se acrecienta y agiganta a medida que el presente se degrada y sus antiguos perseguidores —reales o institucionales— caen en el olvido o el desprecio público. Arévalo no pertenece al aprismo de las prebendas coloniales, de los contubernios parlamentarios ni de la retórica vacía; él encarna la esencia misma del aprismo auroral, aquel que se forjó en el fragor de las luchas sindicales del Valle de Chicama y que se selló con la sangre del martirio en los arenales de Colorado Chico. Su memoria se mantiene limpia, impermeable al fango del deshonor contemporáneo, porque su trayectoria política jamás se divorció de la praxis ética.

Por lo tanto, la recuperación de la A.P.R.A. y el renacimiento del interés entre las nuevas generaciones de jóvenes intelectuales no pueden plantearse como una simple reforma cosmética de sus actuales estructuras caducas. El imperativo histórico exige una ruptura paradigmática radical. Es necesario rescatar a Manuel Arévalo como el arquetipo y paradigma del «Hombre Completo», un estándar ético y metodológico sobre el cual renacer una organización enteramente nueva. Este renacimiento no debe mirar al siglo XX con nostalgia de anticuario, sino armarse con las herramientas disruptivas del siglo XXI. El camino y el ejemplo de Arévalo adquieren hoy una dimensión digital: el imperativo de utilizar la Inteligencia Artificial (IA) no como un mero accesorio técnico, sino como el motor descentralizado para nuclear, formar y coaligar nuevos «Clubes Indoamericanos» autónomos, a lo largo y ancho de Indoamérica, operando al margen de las burocracias oficiales y devolviendo al movimiento su carácter original de vanguardia social.

Capítulo I. La Genealogía del «Hombre Completo». Origen de clase y raíces campesinas.

Para comprender la dimensión exacta del liderazgo y la estructura mental de Manuel Arévalo Cáceres, la historiografía contemporánea debe corregir un equívoco recurrente tanto en las crónicas oficiales del partido como en los análisis de sus detractores. Con frecuencia se ha catalogado a Arévalo de manera reduccionista como un «proletario puro», un obrero surgido de la miseria de los trapiches azucareros, utilizándolo como un fetiche retórico para justificar un anti-intelectualismo que él mismo habría combatido. Si bien es rigurosamente cierto que su praxis política central se desarrolló en el seno de la clase obrera mecánica y los braceros cañeros del Valle de Chicama, su extracción social y sus años formativos iniciales hunden sus raíces en una realidad distinta y mucho más compleja.

Manuel Jesús Arévalo Cáceres nació el 15 de octubre de 1903 en el histórico pueblo de Santiago de Cao, un antiguo cacicazgo y el último reducto de las familias reales de los chimúes, ubicado en la cabecera del valle de Trujillo. Arévalo no nació en la indigencia urbana ni en los tugurios de hacinamiento de las grandes plantaciones industriales. Se crio en el seno de una familia de pequeños agricultores independientes profundamente arraigados en el suelo norteño. Su abuelo paterno, Manuel Arévalo Aznarán, de origen español, era el propietario legítimo de los fundos Colpán y Capernán, tierras agrícolas fértiles dedicadas al cultivo de panllevar y la ganadería mediana. Su entorno familiar materno estaba estrechamente vinculado a los Cáceres —una de las familias notables y con fortuna en el pueblo—, siendo su abuelo materno, don Manuel «Manongo» Cáceres, un hombre emparentado por línea directa con el mariscal Andrés Avelino Cáceres.

Sus padres, don Manuel Arévalo y doña Angelita Cáceres, eran personas alfabetizadas en una época donde el analfabetismo era la norma en el agro peruano, habiendo aprendido a leer y escribir en la escuela del pueblo bajo la tutoría del preceptor Pedro Saldívar. La familia Arévalo Cáceres habitaba una casa grande, cómoda y holgada, situada en la calle principal de Santiago de Cao, a escasos metros de la Iglesia Matriz, en una zona que denotaba una situación económica estable, holgada y respetable dentro de la mesocracia rural de inicios del siglo XX. Por ende, la infancia de Arévalo no estuvo marcada por la desnutrición o la urgencia del hambre, sino por las comodidades propias de una pequeña burguesía agrícola: disfrutaba de las campiñas abundantes en frutas, de la pesca en la playa de El Charco y de las filtraciones de agua de los puquios naturales, en un entorno rural que el cronista Alcides Spelucín definiría años más tarde como un edén infantil.

Este origen socioeconómico es medular por dos razones teóricas fundamentales:

– Desmitificación del resentimiento social: El motor político inicial de Arévalo no fue el resentimiento derivado de la carencia personal o la miseria individual. Su rebelión no nació de la falta de pan en su mesa, sino de una profunda y temprana conciencia ética de la injusticia. Su sensibilidad social se activó al presenciar el despojo sistemático y brutal del que fueron víctimas sus propios paisanos y familiares medianos a manos de los emporios agroindustriales extranjeros.

– La experiencia del despojo como catalizador: Siendo aún un niño, Arévalo cabalgaba junto a su padre desde Santiago de Cao hacia el fundo Colpán. En esos trayectos, fue testigo ocular de cómo la poderosa empresa alemana Gildemeister (Casa Grande) y la estadounidense Grace & Cía. (Cartavio) expandían sus propiedades mediante mecanismos de presión económica y legal monopólica, adueñándose de los puquios naturales, secando las acequias de los pequeños propietarios locales y desviando las aguas del río Chicama para sus cañaverales industriales, postrando en la sequía y en la ruina a los agricultores independientes del valle. Fue en ese contexto de agresión imperialista donde el niño Arévalo pronunció ante su familia aquella promesa inolvidable que sellaría su destino: «Algún día yo sacaré a estos gringos fuera de nuestras tierras».

Cuando la voracidad de la Negociación Agrícola Chicama Limitada de los Gildemeister absorbió finalmente las tierras familiares y provocó el éxodo de las familias notables de Santiago de Cao hacia Trujillo, Arévalo experimentó en carne propia el proceso de proletarización forzosa. A los quince años de edad (1918), abandonó el hogar familiar y el trabajo del campo para ingresar voluntariamente como aprendiz en los talleres de mecánica de la hacienda Roma, de propiedad del filántropo trujillano Víctor Larco Herrera. Este tránsito es esencial: Arévalo no llegó al taller mecánico con la mente adormecida por generaciones de explotación; llegó con la altivez, la seguridad material previa y la agudeza crítica de quien sabe que su clase ha sido despojada por un poder imperialista extranjero. El taller mecánico de los trapiches azucareros no fue su prisión, sino su escuela de alta especialización técnica y su centro de agitación gremial.

Capítulo II. La vorágine del Norte y la configuración de la masa laboral.

2.1 El surgimiento del emporio industrial extranjero.

La fisonomía del Valle de Chicama sufrió una metamorfosis estructural violenta en la segunda mitad del siglo XIX. Las propiedades tradicionales de las familias trujillanas, descapitalizadas y en ruinas por los cupos de guerra y el vandalismo de la expedición chilena de Patricio Lynch en 1880, no pudieron competir en el escenario internacional.

En este vacío de poder económico ingresó la Negociación Agrícola Chicama Limitada de la familia alemana Gildemeister, consolidando a Casa Grande como el ingenio azucarero quizá más extenso de Latinoamérica. Paralelamente, la firma estadounidense W.R. Grace & Company tomó el control de la hacienda Cartavio en 1891. El último bastión de la resistencia empresarial nativa estuvo representado por Víctor Larco Herrera, propietario de las haciendas Roma y Chiquitoy. Larco Herrera intentó mantener una política laboral paternalista y construyó escuelas, pero el estrangulamiento económico y el control del Puerto Chicama por parte de Casa Grande lo obligaron a vender Roma a los Gildemeister en 1927.

2.2 El «Enganche» como sistema de explotación.

Para abastecerse laboralmente, se implementó el sistema del enganche. Los agentes conocidos como «enganchadores» visitaban las provincias altas de la sierra liberteña y cajamarquina después de las cosechas locales, ofreciendo adelantos de dinero en efectivo a los campesinos andinos. Los contratos firmados contenían cláusulas leoninas que constituían una semi-compra de personas, amarrándolos a jornadas de más de doce horas por salarios míseros (veinte a treinta centavos diarios de entones).

Para subsistir, los braceros se endeudaban perpetuamente en los bazares de las propias haciendas. Las condiciones de habitabilidad eran degradantes, hacinados en galpones rústicos expuestos a la tuberculosis. Si un peón intentaba fugar, era capturado por los «perseguidores de prófugos», amarrado de brazos y arrastrado de regreso al calabozo de la hacienda, donde se le aprisionaba en una barra de hierro con grilletes hasta su sumisión.

2.3 Las huelgas primigenias y la masacre de 1912.

Este régimen cuasi feudal provocó los primeros estallidos obreros unificados. Tras una paralización reprimida en 1910, la tensión acumulada desató la gran Huelga de abril de 1912. Los campesinos de Casa Grande, Cartavio, Roma y Laredo pararon sus machetes exigiendo el fin del enganche e incendiando algunos cuarteles de caña. La respuesta fue exigir la intervención del Gobierno Central, que envió un buque de guerra con más de 300 soldados al puerto de Salaverry.

La represión fue sangrienta: los soldados dispararon a discreción e incursionaron en las viviendas obreras con un saldo de más de 150 campesinos muertos y cientos de heridos. Mientras periódicos oficialistas como La Reforma (de Ántero Aspíllaga) justificaban la matanza, el diario trujillano La Razón, dirigido por Benjamín Pérez Treviño, denunció con el crimen, lo que provocó su clausura inmediata y la prisión de su director.

2.4 El impacto sociológico en la infancia de Arévalo.

En 1912, Manuel Arévalo tenía ocho años de edad. Santiago de Cao, su pueblo natal situado en la desembocadura del valle, se convirtió en el refugio natural de los braceros heridos y perseguidos que escapaban de las tropas. El niño Arévalo vio de cerca la crudeza de los cuerpos marcados unos por las bayonetas, otros por serpenteantes latigazos.

Escuchó los relatos directos del abuso de los ‘barones del azúcar’. Esta dura experiencia infantil moldeó su vocación social desde la niñez. Cuando a los quince años ingresó como aprendiz en los talleres de la hacienda Roma, ya portaba en su conciencia el imperativo ético de organizar a las masas trabajadoras para su emancipación.

Capítulo III. El despliegue del liderazgo juvenil y la huelga de Casa Grande de 1920.

3.1 El aprendizaje en los talleres de la hacienda Roma.

En 1918, el taller de la hacienda Roma funcionaba como un foco clandestino de lecturas libertarias e ideas maximalistas. Allí, Arévalo trabó una fraterna y clasista amistad con los mecánicos Joaquín Díaz Ahumada y Artemio Zavala, intelectuales autodidactas. Bajo la influencia del líder Eduardo Chávez Terrazas —quien en Cartavio había organizado la primera Sociedad Obrera de Auxilios Mutuos en 1919 para arrancar la jornada de ocho horas—, Arévalo comprendió que solo la disciplina interna y la organización gremial disciplinada podían vencer a la soberbia patronal. Tras redactar sus primeros manifiestos manuscritos que circularon entre los jornaleros, decidió trasladarse en 1919 a los talleres de la poderosa hacienda Casa Grande.

3.2 El pliego de reclamos de 1920 y el careo con ‘Míster Shen’.

En agosto de 1920, con apenas dieciséis años de edad, Arévalo integró el Comité Obrero de Casa Grande y redactó un pliego de reclamos histórico que exigía el aumento de jornales, la jornada de ocho horas, la abolición del enganche, servicios asistenciales y la supresión del castigo corporal.

Según crónicas biográficas, rompiendo con la degradante costumbre de entregar los reclamos atados a la punta de una caña larga por las ventanas de la administración, Arévalo marchó solo a encarar al gerente general, el ciudadano alemán Carlos Semchs, conocido como el ‘déspota Míster Shen’.

Semchs rechazó inicialmente el pliego con amenazas. Luego, aunque fue retenido por la Guardia Rural dentro de la gerencia, una masa de obreros armados con sus herramientas cercó el edificio exigiendo la libertad de su delegado, obligando a los oficiales a soltarlo.

3.3 La huelga general de Casa Grande y el cautiverio en Lima.

Al día siguiente, tras el rechazo oficial de la empresa Gildemeister, sonó la sirena de la fábrica iniciando la parálisis total de labores. Obreros de talleres y fábrica apagaron las máquinas y dejaron las pailas con miel a medio cocinar, mientras los braceros del campo e incluso los empleados administrativos se sumaron en una muestra inédita de solidaridad laboral colectiva.

La empresa utilizó sus influencias en el ‘palacio leguíista’ en Lima, logrando el envío inmediato de tropas del ejército y policía rural que incursionaron casa por casa. Arévalo fue capturado, esposado y trasladado de madrugada a la Prefectura de Trujillo y luego a la Penitenciaría de Lima, donde pasó meses incomunicado. Su cautiverio en Lima le permitió trabar contacto con la Federación de Estudiantes del Perú (F.E.P.) y la vanguardia anarcosindicalista marítima del Callao, forjando una madurez doctrinaria que desplegaría al ingresar a laborar en los asientos mineros de Quiruvilca a finales de 1921.

Capítulo IV. El retorno del líder y la elección parlamentaria de 1931.

4.1 El taller de la calle Unión. Centro de la mesocracia obrera y el pensamiento crítico.

A comienzos de 1923, tras consolidar su prestigio organizativo tanto en los cañaverales de la costa como en los socavones mineros de Quiruvilca, Manuel Arévalo Cáceres decidió asentarse de manera definitiva en Trujillo. Sabiendo que las listas negras de los Gildemeister y la vigilancia policial le impedían el reingreso a los ingenios azucareros, Arévalo optó por establecer un espacio de autonomía económica y política. Con los ahorros obtenidos de su especializado trabajo en las minas y el Ferrocarril Central, abrió su propio taller de mecánica y soldadura automotriz.

El taller estaba ubicado en la cuarta cuadra de la calle Unión (frente a la antigua calle El Ahorro, hoy jirón Chira), precisamente en la frontera geográfica y social que dividía al Trujillo histórico del populoso barrio obrero de La Unión. Gracias a sus calificados conocimientos técnicos y su puntualidad, el taller adquirió una importante y selecta clientela, en una época donde los automóviles —como los primeros modelos del Ford T — eran un privilegio principalmente de las familias acomodadas de la ciudad.

Esta solvencia económica le permitió una holgada vida familiar, sosteniendo a su madre doña Angelita Cáceres y a sus hermanos menores que residían en Santiago de Cao. Pero, fundamentalmente, el taller de la calle Unión se transformó en un laboratorio del pensamiento crítico y en una base logística de la vanguardia intelectual liberteña. Por las noches, una vez cerradas las puertas de fierro, las herramientas mecánicas cedían el paso a las tertulias discretas. Allí acudían miembros del ‘Grupo Norte’, encabezados por Antenor Orrego y el poeta Alcides Spelucín. Orrego vio en Arévalo una suerte de ‘eslabón perdido’ para una revolución indoamericana: el obrero-intelectual capaz de traducir la alta filosofía en acción sindical concreta. En este espacio, Arévalo se convirtió en un ‘hombre completo’, como fuera denominado después, logrando una madurez que Orrego describiría con admiración: «A los 25 años había estructurado una integral y vasta cultura… hombre derecho y sin deformaciones, bien puesto en sus pies».

Su vida familiar se consolidó en este periodo de progreso. Contrae matrimonio en 1926, a los 23 años, con Edelmira Huiman Rodríguez, hija única de un próspero comerciante de la Portada de la Sierra. En ese hogar de mesocracia obrera nacieron sus dos hijos: Víctor Manuel en 1927 y Ángela Zoraida en 1930. Lejos de aburguesarse, el taller de la calle Unión sirvió para financiar de manera encubierta la impresión de panfletos anarquistas y mantener activa la correspondencia secreta con los comités de huelga de las haciendas del Valle de Chicama.

4.2 El Teatro Unión. Cuartel general de la agitación obrera.

Desde su temprana instancia Arévalo asumió un rol protagónico en el Teatro Unión, local administrado por el viejo anarquista Julio Reynaga. Y una suerte de ‘cuartel general’ de las clases productoras trujillanas. Allí se organizaban asambleas cívicas numerosas, con centenares de personas de toda condición social para debatir las lecciones teóricas de González Prada y las noticias de la Revolución Mexicana.

Fue en el Teatro Unión donde el Ateneo Popular lo elige como Secretario General del Comité Pro Mejoramiento del Barrio, gracias a su ejemplar conducta y su elocuencia persuasiva.

4.3 El desembarco en Talara y el histórico encuentro con Haya de la Torre (1931).

El destino de Manuel Arévalo dio un paso decisivo en julio de 1931. Tras la caída estrepitosa de la dictadura de Leguía y la instauración de una tregua política bajo la Junta de Gobierno de Samanez Ocampo, se autorizó el retorno al país de los exiliados políticos. La sección trujillana del recién fundado Partido Aprista Peruano (P.A.P.) designó a una comisión para viajar al norte del país y recibir a Víctor Raúl Haya de la Torre, quien retornaba de su largo exilio de ocho años a bordo del vapor Santa María.

La delegación estuvo integrada por el maestro Antenor Orrego, en representación del comando departamental liberteño, y por el joven Manuel Arévalo, quien a sus 27 años ya era un líder indiscutible de las bases obreras del norte. El encuentro se produjo en el puerto de Talara (Piura) y, posteriormente, en la ciudad de Chiclayo.

La empatía entre el intelectual de la clase media universitaria y el mecánico automotriz de raíces campesinas fue inmediata. Haya de la Torre, imbuido de la organización de multitudes que había presenciado en México, Europa y la Unión Soviética, reconoció en Arévalo las virtudes de un conductor político indoamericano: un hombre de contextura mestiza, mirada directa y oratoria directa que conectaba con los trabajadores. Haya de la Torre confesaría más tarde que, desde aquellas largas conversaciones en el trayecto norteño, comprendió que Arévalo no solo era un líder del Norte, sino incluso dirigente nacional del partido.

El 26 de julio de 1931 más de 15 mil personas se congregaron en la Grama de Mansiche para recibir a los flamantes líderes apristas. Haya de la Torre ingresó acompañado por Arévalo. Ante una multitud entusiasta, se consolidaba el entonces bastión del aprismo, lo que derivó en encargos organizativos en todo el Norte.

4.4 El diputado constituyente más joven.

Las elecciones del 11 de octubre de 1931 se desarrollaron en medio de una áspera campaña electoral. El escrutinio en el departamento de La Libertad arrojó una victoria para la fórmula aprista. De un total de 25,632 votos válidos, Haya de la Torre obtuvo 12,486 frente a los 2,402 de Luis Miguel Sánchez Cerro.

La lista parlamentaria del Partido Aprista obtuvo 15,333 votos. El 31 de octubre de 1931, el Jurado Elecciones en La Libertad expidió la credencial de Manuel J. Arévalo como representante al Congreso Constituyente, apenas habiendo cumplido 28 años de edad. El «Cholo de hacienda», el peón de Santiago de Cao que se había educado de manera autodidacta en las Universidades Populares y en las asambleas del Teatro Unión, ingresaba al hemiciclo de la capital de la República. El intelectual orgánico de las clases productoras asumía la representación para sentar las bases de una nueva Constitución.

La representación de La Libertad estuvo conformada por Alcides Spelucín Vega, Américo Pérez Treviño, Carlos Cox Roose, Carlos C. Godoy, Enrique M. Ávila G. (dirigente minero) y Manuel J. Arévalo, además de Elio Dalmau Goicochea (Partido Descentralista) y el independiente Carlos E. Uceda.

Capítulo V. El tribuno liberteño y la defensa del fuero social (1931-1932).

5.1 El ingreso al hemiciclo.

El 8 de diciembre de 1931 se instaló en Lima el Congreso Constituyente. El ingreso de la bancada del Partido Aprista Peruano —la histórica «Célula Parlamentaria», integrada por 23 representantes— alteró de inmediato la atmósfera solemne y aletargada del parlamento tradicional. Entre figuras consagradas de la intelectualidad nacional como Luis Alberto Sánchez, Carlos Manuel Cox, Luis E. Heysen y Manuel Seoane Corrales, la presencia de Manuel Arévalo Cáceres causó cierto impacto social que llegó a las tribunas públicas.

Luis Alberto Sánchez, registraría con prosa vívida: «El día en que Manuel Arévalo ingresó a la Sala de Sesiones tuve la sensación de que entraba un ventarrón al mismo tiempo fresco y ardiente. Un muchachote alto, recio, de tez ligeramente morena, frente ancha, pecho ancho, risa ancha y ojos verdes inquisitivos».

A contrapelo de quienes lo consideraban despectivamente como un «cholo sin instrucción» incapaz de articular un discurso crítico, Haya de la Torre, quien se encontraba oculto en Lima, relató años más tarde en la revista Bohemia de La Habana la noticia de la primera intervención de Arévalo: «Manuel había leído su primera intervención. Su alocución, sólida, estructurada y exenta de la retórica simplista está registrada en el Diario de Debates”.

5.2 Las matanzas de Paiján y Chocope.

Una faceta valerosa de su compromiso de representación se constató en diciembre de 1931, en el marco de dos sangrientas represiones perpetradas por las fuerzas estatales en el Valle de Chicama. El gobierno de Sánchez Cerro, buscando quebrar la huelga de los cañeros, dispuso una represión brutal. El 6 de diciembre de 1931, justo en las horas en que Arévalo retornaba de San Pedro de Lloc en compañía de su esposa Mila y su pequeño hijo Víctor, las tropas acantonadas en el distrito de Paiján abrieron fuego contra una manifestación pacífica de pequeños agricultores que reclamaban por el monopolio del agua, dejando un trágico saldo de 5 muertos y 8 heridos de gravedad.

Al enterarse de la balacera en pleno trayecto, Arévalo se dirigió al epicentro del conflicto. Al llegar a la plaza principal, esgrimiendo su condición de parlamentario se colocó físicamente delante de los huelguistas, en pos de protegerlos, logrando paralizar los disparos y la retirada de las tropas.

Pocos días después, la tragedia se repitió en el distrito de Chocope, donde las tropas volvieron a asesinar a mansalva a peones macheteros que protestaban por las condiciones de vida infrahumanas en los «cuarteles» de caña.

5.3 El debate parlamentario.

El nombramiento del ejecutor de las masacres, capitán Ortega, como subprefecto de Trujillo, provocó un debate encendido en las sesiones plenarias del Congreso Constituyente en Lima. En la sesión correspondiente, recogida fielmente en las páginas 309 y 310 del Diario de Debates, el diputado sanchezcerrista Emilio Dalmau, actuando como el vocero oficial de las clases conservadoras, tomó la palabra para defender la represión y afirmó cínicamente que «el pueblo de Trujillo recibía con beneplácito el nombramiento del capitán Ortega». Dalmau agregó: «Yo hablo en nombre del sector que da trabajo a todos los miles de trabajadores honrados».

Manuel Arévalo replicó: «Yo representante por La Libertad, afirmo categóricamente, que las declaraciones del representante Dalmau interpretan, fielmente, el sentimiento de la minoría civilista de Trujillo, especialmente latifundista. Yo que hablo en nombre de 25 mil trabajadores del Valle de Chicama, que hablo en nombre de los trabajadores del departamento de La Libertad, protesto enérgicamente del nombramiento del Capitán Ortega como Subprefecto de Trujillo. El Capitán Ortega es un hombre de antecedentes siniestros… tiene en su haber una serie de inmoralidades que lo incapacitan para ese cargo. Yo, pues, en nombre de los que no aceptan esa autoridad pido su destitución inmediata… porque Trujillo está viviendo un estado de tiranía».

La llamada Ley de Emergencia fue enviada al congreso el 28 de diciembre de 1931 por el ministro de Gobierno Juan Manuel García Bedoya, que legalizaba la persecución política, el clausurar periódicos de oposición, suprimir el derecho al habeas corpus y autorizar la expulsión arbitraria de parlamentarios.

Capítulo VI. El ‘Pan amargo’ del destierro.

6.1 El asalto al hemiciclo y la conculcación del fuero constitucional.

El debate constitucional se había convertido en una trinchera insostenible para el oficialismo y los sectores económicos que lo sostenían. La Ley de Emergencia, aprobada formalmente de madrugada el 30 de enero de 1932 bajo un clima de extrema violencia social, no fue suficiente para silenciar a la célula parlamentaria aprista. En consecuencia, el Poder Ejecutivo, en abierta rebelión contra la soberanía nacional, dictó la orden de captura inmediata contra 22 congresistas del P.A.P.

En Trujillo, las fuerzas represivas al mando del subprefecto Isidoro Ortega asaltaron la vivienda de Manuel Arévalo Cáceres, ubicada en el jirón La Unión. El joven tribuno fue apresado en presencia de su esposa Edelmira Huiman, quien se encontraba en su segundo embarazo, quedando como única responsable del hogar al cuidado del primogénito Víctor Manuel, de apenas cuatro años.

Mientras Arévalo era conducido enmarrocado hacia Lima, las tropas del ejército ingresaron al Congreso a bayoneta calada para detener a los parlamentarios que resistían en el hemiciclo. Figuras de la talla de Pedro Muñiz, Manuel Seoane y Alcides Spelucín fueron sacadas a culatazos del recinto legislativo, en medio de protestas callejeras. Luis M. Eguiguren, presidente de aquel Congreso, denunciaría en su libro bibliográfico La Selva Política que la ley fue aprobada sin quórum y mediante una festinación de trámites inaudita. El 18 de febrero, Arévalo y el segundo grupo de presos políticos fueron hacinados en el transporte militar Rímac con rumbo al norte. En el puerto de Talara, fueron trasbordados clandestinamente al vapor Santa María de la Grace Line, con directivas precisas de expulsión definitiva del territorio patrio hacia los enclaves de Centroamérica.

6.2 El destierro en Panamá. Del muelle de Colón a las obras del Canal.

La primera parada forzosa del contingente de desterrados fue el puerto de Buenaventura, en Colombia, para luego ser trasladados a Panamá, adonde arribaron el 27 de febrero de 1932. En ese territorio, descrito por las crónicas del partido como un espacio modificado por los intereses del imperialismo estadounidense, los líderes de la mesocracia universitaria se enfrentaron a las duras condiciones de la indigencia en el exilio. Carecían de recursos económicos, no contaban con pasaportes visados y la embajada peruana presionaba a las autoridades locales para mantenerlos bajo estricta vigilancia.

Fue en estas condiciones de precariedad donde la figura de Manuel Arévalo emergió como el protector y soporte material de sus compañeros de lucha. A diferencia de los intelectuales que carecían de oficios manuales, Arévalo, gracias a sus conocimientos de mecánica y soldadura automotriz adquiridos en los trapiches de Roma y Casa Grande, encontró empleo calificado apenas de su llegada al puerto de Colón.

Arévalo ingresó a laborar en los gigantescos talleres y diques mecánicos de las empresas subcontratistas encargadas de la manutención técnica de las esclusas del Canal de Panamá. Su destreza con las herramientas y su autodisciplina le aseguraron un salario respetable, que el joven dirigente norteño colectivizaba en beneficio del grupo. Durante meses, Arévalo financió en buena cuenta el hospedaje y la alimentación de sus compañeros de destierro en un modesto alojamiento del bar del peruano Leandro Ferreyra en el puerto de Colón. Manuel Seoane le confesó más tarde a su hijo Víctor Manuel Arévalo: «Tu padre fue un padre para nosotros, porque cuando llegamos a Panamá deportados, con su trabajo y con su sueldo nos mantuvo».

6.3 Maduración de la praxis. La integración sindical y el debate con Mac Donald.

El exilio centroamericano no adormeció la agudeza teórica del tribuno trujillano. En las pausas de sus jornadas en las esclusas de Colón, Arévalo convirtió el destierro en un seminario permanente de estudios sociales. Se dedicó con avidez a devorar la selecta bibliografía marxista y sociológica disponible en las bibliotecas de Panamá, y posteriormente viajó a Bogotá tras el estallido del conflicto colombo peruano por Leticia.

En Colombia, Arévalo entabló estrechas relaciones con los dirigentes de la Confederación de Trabajadores de Colombia (C.T.C.), quienes lo invitaron a dictar conferencias en los sindicatos de la capital colombiana sobre el rol histórico del movimiento obrero en la integración continental. Fue en estas plataformas donde Arévalo comenzó a esbozar de manera programática la necesidad de fundar una Confederación Indoamericana de Trabajadores, una central sindical única que unificara a las clases productoras de nuestra América frente a la penetración de los oligopolios transnacionales.

Las crónicas de Luis Alberto Sánchez rescatan un revelador pasaje ocurrido durante su estancia clandestina en Guayaquil (Ecuador), que ilustra la pertinacia doctrinaria de Arévalo frente a las corrientes ideológicas europeas: en una acalorada discusión teórica sobre los conceptos de la plusvalía y la violencia revolucionaria sostenida con Juan Mac Donald Checa —un intelectual aprista desterrado con tendencias adscritas al pensamiento sindicalista francés de Georges Sorel—, el debate académico escaló de tal manera debido a la vehemencia de Arévalo por defender la originalidad del método peruano que la tertulia concluyó en un pugilato físico entre ambos militantes. Arévalo rechazaba cualquier copia simiesca de los manuales extranjeros: consideraba que la revolución en Indoamérica debía ser una creación surgida de las entrañas de su propia realidad, una convicción que más tarde se cincelaría en las páginas de ‘Pueblo Continente’.

6.4 El retorno clandestino por los cerros. El reingreso a través del agro liberteño.

En julio de 1932, mientras Arévalo se encontraba semioculto en los puertos de la costa ecuatoriana, un cable telegráfico encendió las alarmas en el destierro: Trujillo había estallado en una insurrección armada el 7 de julio. Sectores del PAP, liderados por Manuel Barreto, habían asaltado el cuartel O’Donovan y tomado el control de la ciudad, insurgencia que fue sofocada a sangre y fuego, con fusilamientos masivos en las ruinas de Chan Chan.

Arévalo, en compañía del ingeniero Pedro Muñiz, tomó la determinación de retornar al Perú de manera inmediata y clandestina. Desafiando las órdenes de captura a nivel nacional y sabiendo que los puertos de Salaverry y el Callao se encontraban militarizados por el gobierno, Arévalo tomó una travesía tanto peligrosa como abrupta.

A comienzos de 1933, utilizando pasaportes falsificados y burlando los puestos de vigilancia de la frontera andina, Arévalo y Muñiz se internaron a pie por las escarpaduras de la sierra de Cajamarca hasta arribar al valle de Chicama, incorporándose a los comités clandestinos subyacentes. Su presencia revitalizó la menguada actividad de las bases apristas, consolidando el andamiaje técnico de la resistencia subterránea que definiría los últimos años de su relampagueante militancia política.

Capítulo VII. La organización clandestina, la prensa itinerante y el testamento político (1933-1936).

7.1 La reorganización del Norte y la ingeniería de la estructura decimal.

El reingreso clandestino de Manuel Arévalo Cáceres a la Libertad a comienzos de 1933 coincidió con un periodo de profunda reconfiguración en el escenario político nacional. Tras el asesinato del dictador Luis Miguel Sánchez Cerro el 30 de abril de ese año, asumió la presidencia de la República el general Óscar R. Benavides. Bajo el lema publicitado de un gobierno de «Paz y Concordia», el nuevo régimen dictatorial instauró una breve tregua política, decretando una amnistía parcial que permitió la liberación de Haya de la Torre el 10 de agosto de 1933, luego de pasar quince meses y cuatro días en prisión.

Aprovechando esta tregua semidemocrática, el Comité Ejecutivo Nacional del P.A.P. encomendó a Arévalo la Secretaría General Regional del Norte. Para entonces ya estaba en contacto con el escenario: las bases sindicales del Valle de Chicama se hallaban descabezadas tras las represalias posteriores al levantamiento del 7 julio, los locales partidarios permanecían clausurados y los militantes sobrevivientes operaban sumidos en la aprensión y la desconfianza.

Para reorganizar el partido desde el llano y prepararlo ante la inminente reactivación de la intransigencia patronal o los mecanismos represivos del gobierno, Arévalo desplegó sus dotes de organizador acucioso, diseñando una arquitectura partidaria celular, la organización decimal o de emergencia. Esta estructura cuasi clandestina renunció provisionalmente a la asamblea abierta tradicional —fácilmente infiltrable por los soplones de la policía— y fragmentó la militancia en unidades decimales interconectadas: el Núcleo Base (La Cuadra), La Célula Intermedia (La Manzana), el Comité Sectorial o Distrital, el Comité de Residentes Provincianos. Los canales de comunicación estaban sujetos a claves, todo coordinado por Arévalo y sus colaboradores cercanos.

Esta red capilar decimal otorgó al partido un cierto nivel organizativo. Permitió que las directivas o los boletines informativos se difundieran por todo el territorio.

7.2 Las trincheras de papel. La fundación de ‘Chan-Chan’ y ‘Barricada’.

Arévalo, imbuido de las lecciones del periodismo anarquista de Julio Reynaga y el magisterio de Antenor Orrego, comprendió que una organización social requería vehículos culturales propios. En sus reflexiones íntimas, sostenía que el periódico era una herramienta pedagógica esencial.

El 1 de enero de 1935, burlando el estado de sitio decretado por el prefecto Armando Sologuren en Trujillo, Arévalo fundó el semanario Chan-Chan, designado como el órgano oficial del P.A.P. en la región norteña. Paralelamente, alentó la creación del semanario Barricada, entregado a los cuadros juveniles de la Federación Aprista Juvenil (F.A.J.) para encauzar la rebeldía de los estudiantes universitarios y escolares.

7.3 El testamento político en jirón Independencia 544.

Testimonios presenciales dan cuenta de una visita de Haya de la Torre a Trujillo, al local del P.A.P. en jirón Independencia 544, y en pleno despacho de la secretaria general, reunido el comité regional, dio instrucciones, que ante la virulencia represiva que iría en aumento, Manuel Arévalo quedaba como segundo al mando del partido a nivel nacional.

Quien asumió el desafío con la seriedad y el estoicismo del «Hombre Completo», sabiendo que la unción del testamento político podría equivaler a su ajusticiamiento irregular por parte de los secuaces de la dictadura.

Capítulo VIII. La encrucijada de 1936, el mensaje premonitorio y la farsa de la ‘Ley de Fuga’.

8.1 Las elecciones de 1936 y el veto del Jurado Nacional de Elecciones.

Hacia mediados de 1936, la dictadura militar del general Óscar R. Benavides se encontraba en una situación difícil de debilidad institucional, acicateada por la presión de la opinión pública continental gracias a las constantes denuncias de los desterrados apristas. Buscando atenuar el descontento popular y legitimar su continuidad en el poder, Benavides se vio obligado a convocar a elecciones generales para el 11 de octubre de 1936.

Sin embargo, el 7 de septiembre, el Jurado Nacional de Elecciones, actuando de manera sumisa y antidemocrática, rechazó la inscripción de la candidatura de Haya de la Torre, aplicando el argumento falaz de que el PAP pertenecía a un organismo internacional.

Ante este veto, se adoptó apoyar la candidatura de Luis Antonio Eguiguren, un jurista probo de tendencia socialdemócrata que había sido presidente del Congreso Constituyente de 1931 y que había renunciado dignamente a su cargo para no avalar la Ley de Emergencia.

8.2 El mensaje premonitorio de Arévalo: «Anularán las elecciones».

En las vísperas del proceso electoral, Manuel Arévalo redactó y mandó imprimir de manera clandestina en los talleres de Chan-Chan un histórico volante dirigido a los trabajadores y jóvenes del Norte. El documento, conocido en la historiografía aprista como el ‘Mensaje Premonitorio de Arévalo’, demuestra la agudeza y la visión política de «radar» que se le atribuía al líder santiaguino:

«No obstante la precariedad por la que atraviesa nuestro país, vamos a concurrir a las mesas de sufragio a demostrar que somos capaces de derrotar a la dictadura en las ánforas. Pues, nuestro voto, insobornable, incotizable, será en favor del restablecimiento de las libertades… Sobran razones para pensar que la dictadura Benavidista está resuelta a no abandonar Palacio de Gobierno, ante el rotundo triunfo de nuestro pueblo; pues este y no otro será resultado de los escrutinios.

Entonces, el dictador desde Palacio dispondrá la nulidad de las elecciones y la prórroga de su mandato. Pero nuestra obligación es demostrar ante el país y ante el mundo, que la voluntad soberana expresada en las ánforas, que la mayoría del pueblo peruano, rechaza la tiranía… Vamos a sufrir aun los rigores de la persecución, el dolor de las torturas, muchos caeremos en el camino luchando por la redención de nuestro pueblo… pero al fin llegaremos a la ansiada meta de la justicia. ¡Viva el APRA!».

El vaticinio de Arévalo se cumplió. El 11 de octubre de 1936, las clases populares acudieron a las urnas, propinando una derrota aplastante a los candidatos oficiales del régimen y dando la victoria abrumadora a Luis Antonio Eguiguren, en mucha cuenta con los votos del aprismo. Los comicios legislativos en La Libertad fueron ganados por las listas obreras, donde figuraba el compañero Nicolás Stella en representación de los cañeros de Cartavio.

La reacción de Benavides fue inmediata y despótica: ordenó al sumiso Jurado Electoral decretar la nulidad de todo el proceso de los comicios. Pocos días después, mediante un decreto disolvió el Congreso y prorrogó su propio mandato presidencial por tres años más, consumando un escandaloso legicidio que sumió al país en un reiterado estado de sitio.

8.3 La captura en el sótano de la Alameda Mansiche.

En la casa-huerta situada en la Alameda Mansiche, propiedad de Abelardo Arteaga, inmueble que albergaba un refugio de emergencia, a la medianoche del primero de febrero, un contingente de hombres armados, al mando del coronel Armando Sologuren, rodeó y allanó violentamente el lugar, capturando a Manuel Arévalo que se aprestaba a trasladarse hacia Chiclayo. Siendo depositado en una celda de la Prefectura de Trujillo.

Capítulo IX. El Vía Crucis y la ejecución en Colorado Chico (febrero de 1937).

9.1 El calvario en la prefectura.

Desde el momento en que la puerta de la celda de la Prefectura de Trujillo se cerró tras de él, Manuel Arévalo Cáceres supo con claridad el trance que le deparaba el régimen de Óscar R. Benavides. El coronel Armando Sologuren y los esbirros enviados desde Lima —Damián Mústiga, Ricardo Polo y Enrique Espantoso— iniciaron un interrogatorio feroz que se extendió por siete largos días, en pleno y sofocante verano costeño. El objetivo del Ministerio de Gobierno era arrancar a Arévalo los secretos de la organización y las claves de ubicación del escondite de los líderes principales.

Incomunicado; ante la resistencia y el silencio estoico del dirigente obrero, las torturas adquirieron una sevicia inhumana. Luis Alberto Sánchez y Antenor Orrego reconstruyeron los suplicios aplicados en el interior de su confinamiento o en parajes desolados por la noche.

El ’hombre completo’ se mantuvo inmutable. Quizá consciente en ese momento ya, el destino que le esperaba después de su sacrificio. El de ser una suerte de Ave Fénix de la A.P.R.A. en un tiempo muy por delante, hoy ya casi 100 años después.

No alcanzan las palabras para describir las torturas recibidas, testificadas por médicos militares o vecinos de la prefectura. Hasta que llegó la orden del Ministerio de Gobierno para su traslado a Lima.

9.2 El lúgubre viaje por la Panamericana hacia el sur.

En la madrugada del 14 de febrero de 1937, el auto que transportaba al agónico dirigente partió desde Trujillo con dirección al sur. Para ocultar la gravedad de su estado, los captores lo vistieron con un mameluco de obrero, cubriendo su cuerpo con frazadas. En el automóvil viajaban los soplones Polo, Saldarriaga y Espantoso.

El vehículo realizó una primera parada en el puerto de Salaverry. Fue en este trayecto donde un transportista vecino logró reconocer las facciones de Arévalo a través de las lunas subidas del coche, apresurándose en retornar a Trujillo para alertar a su familia.

Pasado el mediodía, el automóvil ingresó a la caleta de Chimbote; al caer la noche arribaron a Huarmey, donde se recibió las directivas definitivas desde Lima.

9.3 La ejecución en las pampas de Colorado Chico.

La mañana del 15 de febrero de 1937, el Hudson reinició la marcha hacia el sur. Tras recorrer unos kilómetros por la pampa desértica, a la altura del kilómetro 238 de la Panamericana Norte, en el paraje solitario conocido como las arenas de Colorado Chico, el chofer desvió bruscamente el vehículo varios metros fuera de la carretera. Los sicarios bajaron del vehículo al ‘Cholo de Chicama’, Manuel Arévalo Cáceres, obligándolo a alejarse caminando, para ser ejecutado con disparos por la espalda.

Al día siguiente, el Ministerio de Gobierno emitió un escueto comunicado oficial pretendiendo justificar el ajusticiamiento mediante la aplicación de la ‘ley de fuga’. El parte oficial afirmaba que el detenido «había emprendido fuga arrojándole piedras a las fuerzas del orden al detenerse el vehículo, viéndose los guardias en la necesidad de usar sus armas».

9.4 Repercusiones del asesinato.

El asesinato de Manuel Arévalo causó una ola de indignación, pero a su vez de renovada rebeldía doquier, en particular en su natal Santiago de Cao. La Tribuna, de circulación clandestina, denunció la barbarie, desmontando la falaz ‘Ley de Fuga’. Desde su refugio, Antenor Orrego escribió su célebre artículo «El Mártir de una Fe», publicado por la revista argentina Claridad de Buenos Aires y reproducido en México y Chile, en el que inmortalizó la lección revolucionaria de su discípulo. También redactaría en las primeras páginas de su obra cumbre, Pueblo Continente (editada en Chile en 1937), una vibrante ofrenda dedicada a Manuel, recordando que él mecanografió amorosamente los manuscritos originales en la clandestinidad. Germán Arciniegas y el futuro presidente de Colombia, Alberto Lleras Camargo, enviaron cartas de pésame y protesta. Ciro Alegría, desde su destierro en Chile, envió este mensaje a su viuda, Edelmira: «Milita, muerto nuestro amado Manuel, han desaparecido todas las posibilidades de acción de nuestro Gran Partido».

9.5 La partida de defunción en Supe Pueblo y la desaparición de los restos.

Consumado el crimen, los sicarios pretendieron deshacerse del cadáver entregándoselo al alcalde de Huarmey para que lo enterrara de manera anónima. Sin embargo, la autoridad municipal se negó a convertirse en el sepulturero de un crimen de Estado. Ante esta negativa, los asesinos trasladaron el cuerpo hacia el sur, enterrándolo en el cementerio de Supe Pueblo en una fosa precaria que ocupaba el nicho de un ciudadano de origen chino.

Para legalizar la sepultura, las autoridades obligaron a asentar una partida de defunción con una enmendadura flagrante en los libros de Supe. En el acta oficial de defunción fidedigna —cuyo registro fotostático rescató Juvenal Ñique Ríos— se lee la versión oficial fabricada: que el ciudadano don Manuel Arévalo falleció el 15 de febrero de 1937 por «heridas de arma de fuego al querer fugar cuando era conducido por agentes de la brigada política».

Dos años después del asesinato, en 1939, un equipo clandestino dirigido por el joven médico aprista Gustavo Lanatta Luján, logró exhumar los restos de Arévalo, que fueron trasladados a Lima y resguardados por el propio Haya de la Torre en uno de sus refugios clandestinos, el cual fue asaltado por las fuerzas policiales, que confiscaron y desparecieron la urna con los huesos del mártir, convirtiéndolo en un mito errante en la memoria colectiva.

Capítulo X. Del bracero de la caña al proletariado del conocimiento.

La fundación de una nueva fuerza política transformadora en Indoamérica exige un análisis de la fisonomía del trabajo contemporáneo. En la década de 1930, Manuel Arévalo Cáceres organizó a la vanguardia productora de su tiempo: los braceros cañeros sometidos al yugo del enganche y los obreros mecánicos que operaban la maestranza de los grandes enclaves industriales. Aquella masa laboral estaba definida principalmente por la fuerza y destreza física.

En el siglo XXI, la irrupción de la Inteligencia Artificial, la automatización avanzada y la digitalización de los medios de producción han modificado de forma irreversible la estructura de clases. Las grandes corporaciones transnacionales hoy operan mediante el extractivismo de datos, el oligopolio de algoritmos y la precarización del trabajo digital.

Consecuentemente, la nueva vanguardia de la A.P.R.A. no se encuentra ya en las estructuras tradicionales de la industria pesada o el agro semi-feudal, sino en el proletariado del conocimiento. Esta nueva clase productora está integrada, entre otros muchos, por desarrolladores de software, científicos de datos, creadores de contenido digital y estudiantes universitarios que se enfrentan a un mercado laboral atomizado, carente en mucha cuenta de ejercer sus derechos de asociación o dominado por la obsolescencia técnica.

Así como Arévalo pasó de la mesocracia agrícola al taller mecánico para asimilar la tecnología avanzada de su época, el nuevo aprista debe surgir del nuevo universo laboral, en todos los sectores productivos e intelectuales, en las aulas tecnológicas, los laboratorios de cómputo o los centros de desarrollo digital. Pero también de las carreras humanistas como la historia, la filosofía, la literatura, las cuales insumen por igual la Inteligencia Artificial. Esta vanguardia del conocimiento tiene la responsabilidad histórica de arrebatar el monopolio de la IA a las élites corporativas y ponerlo al servicio de la justicia social y la integración continental.

Capítulo XI. La evolución de la célula decimal: del callejón físico al nodo digital descentralizado.

La genialidad organizativa de Manuel Arévalo radicó en la implementación de la estructura decimal o de emergencia en 1934. Ante la persecución policial, el líder trujillano diseñó una red capilar donde la militancia se fragmentaba en cuadras y manzanas, impidiendo que la captura de un nodo destruyera el resto del sistema. Esta estructura no era piramidal ni burocrática; era una red funcional distribuida.

En la era de la IA, la célula decimal evoluciona hacia el nodo digital descentralizado. Los nuevos «Clubes Indoamericanos» no requieren de locales físicos centralizados, sino que operarían como una red soberana de nodos virtuales interconectados a nivel indoamericano, incluso global.

Cada Club funcionaría como un nodo autónomo de pensamiento y acción, coordinado bajo principios de arquitectura Web3 y protocolos P2P (Peer-to-Peer), por ejemplo. Al igual que los disciplinarios de la calle Independencia 544 impedían el ingreso a la oficina secreta sin autorización, la célula digital utilizará criptografía asimétrica y firmas digitales para proteger la información de sus miembros y blindar sus canales de comunicación frente a una eventual infiltración o el espionaje corporativo.

Capítulo XII. El Rol de la Inteligencia Artificial en el magisterio colectivo.

Para combatir la mediocridad cívica y el anti-intelectualismo que destruyeron las estructuras contemporáneas del aprismo, la IA sería utilizada como la herramienta de autodidaxia y magisterio colectivo. El nuevo movimiento implementaría un sistema de código abierto, entrenado con los nuevos planteamientos y programas del siglo XXI, siempre inspirados en las ideas aurorales de la A.P.R.A. El sistema o la red de la Universidad Popular operaría bajo tres ejes esenciales en cada club:

A. Mentor de autodidaxia personalizado.

Las escuelas de cuadros dirigidas por líderes competentes, usarían la IA para proveer planes de lectura personalizados para cada integrante de los clubes. El sistema evaluará el nivel técnico y filosófico del militante, guiándolo a través del estudio de Haya de la Torre, Antenor Orrego, Manuel González Prada y tantos otros, emulando los seminarios nocturnos que Arévalo mantenía en el taller de la calle Unión.

B. Inteligencia colectiva para la acción cívica.

Cada ‘Agente IA’ procesaría en tiempo real grandes volúmenes de datos socioeconómicos de cada lugar, por remoto o pequeño que fuera. Con esta información, se asistiría a los Clubes Indoamericanos en la redacción sustentada de ‘Iniciativas Ciudadanas’ o de reclamos válidos antes las diversas instancias de gobierno. La gobernanza social, en especial la seguridad ciudadana elevaría notablemente su nivel. Eso mismo hacía Arévalo en las Asambleas Cívicas del Teatro Unión, bajo la presidencia del líder anarquista Reynaga.

C. Distribución inmutable de información (El ‘Pan Caliente’ digital).

Así como Arévalo y Orrego estructuraron una red de imprentas itinerantes, en las maleteras de taxis apristas, en los barrios o en las parcelas, editando Chan-Chan y Barricada, los ‘Agentes de IA Generativa’ serían el motor de distribución de los nuevos periódicos de cada club. El sistema automatizará la generación de boletines informativos, incluso cifrados, esquivando la censura o el control de los algoritmos que rigen las redes sociales corporativas. Serían el ‘pan caliente’ de las redes indoamericanas.

Capítulo XIII. Estructura y funcionamiento de la Red de Clubes Indoamericanos.

La red de clubes indoamericanos no tendría una presidencia centralizada ni un tribunal de disciplina controlado por cúpulas. Su funcionamiento estará regido por el cumplimiento de los principios de Arévalo: Fe, Unión, Disciplina y Acción.

1. Fundación de un Club: Cualquier grupo de un mínimo de diez trabajadores del conocimiento o estudiantes en cualquier localidad podría fundar un Club Aprista autónomo, registrando su nodo en la red de clubes.

2. Validación Doctrinaria mediante IA: Para que un club sea reconocido como nodo legítimo de la red y acceda a los recursos informáticos comunes, sus miembros deberán probar sus convicciones y compromisos éticos, en diálogos e intercambios con otros clubes ya acreditados.

3. La Disciplina como Código de Gobernanza: Las decisiones colectivas del movimiento se tomarán mediante mecanismos de votación democrática interna digital, y su cumplimiento estarán sujetos al rigor de una acerada y creciente disciplina colectiva, cumpliendo la máxima de Arévalo, de que la disciplina se sustenta en el conocimiento y la hombría de bien.

4. Autonomía de Acción: Cada club tendría total libertad para diseñar y ejecutar acciones cívicas y sindicales en su localidad, utilizando sus propios Agentes de IA, pero en común para coordinar protestas o acciones cívicas como campañas de alfabetización tecnológica con otros clubes, locales o regionales, tal como lo lograra Manuel Arévalo en la simultaneidad de la gran huelga regional del norte en 1920.

Capítulo XIV. Conclusión: El deber de la Nueva Vanguardia.

El colapso del Partido Aprista Peruano, fundado en septiembre de 1930, no significa el fin del aprismo, sino la caducidad de un modelo organizativo que dejó de representar hace décadas a las clases productoras y al pueblo en general.

Partiendo del Programa Máximo de 1928 y la producción programática de las décadas siguientes, a pesar de estar languidecientes, muestran una renovada vitalidad contemporánea. Y si le sumamos el ejemplo de Manuel Arévalo, entre otros muchos, y su inventiva organizacional, entonces podemos avizorar el renacimiento de un Nuevo Aprismo, en una Nueva Indoamérica.

Como todo renacimiento, sucede tras el ocaso de lo precedente, como colectivo, a la par del avance de su vanguardia intelectual, de los pocos escogidos que a veces la historia es muy estricta en determinar.

La enseñanza de Manuel Arévalo Cáceres nos señala el camino. No se trata de mendigar espacios en las cúpulas fenecidas, sino de marchar al llano, armarse con la rigurosidad intelectual de la ‘autodidaxia’ y utilizar el arma de la Inteligencia Artificial para tejer la red de la resistencia y de la acción, en el nuevo centenario. Los preclaros intelectuales y creadores, los auténticos líderes sociales, los genuinos indoamericanos, los ciudadanos íntegros, los ‘ciudadanos completos’ como el ‘Cholo de Chicama’.

Arévalo es pues el camino… y el ejemplo. La IA nuestro nuevo aliado estratégico, y la justicia de pan con libertad nuestro destino inexorable.

Trujillo, octubre de 2026

Alejandro Santa María

Nota importante: el texto de este ensayo tiene como fuentes principales dos libros: ‘Manuel Arévalo Cáceres, Apuntes Históricos’ de Juvenal Ñique Ríos, y ‘El Hombre Completo’ de Daniel Hidalgo Gamarra.

Fotografía: composición de retrato desarrollado de Manuel Arévalo, con el interior del Teatro Unión y el Cóndor de Chavín.

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