ALEJANDRO SANTAMARÍA : ENSAYO » HAYA, FIDEL Y EL APRA » (Texto Completo)

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El autor, Ingeniero Alejandro Santa María, ex Candidato la la Vice Presidencia de la República en la Fórmula Presidencial de Carlos Espá en las últimas Elecciones Presidenciales Perú 2026.

HAYA, FIDEL Y EL APRA

«… nuestros defectos, nuestros errores, nuestras desigualdades, nuestra injusticia. Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra. O derrotamos todas esas desviaciones y hacemos más fuerte la Revolución destruyendo las ilusiones que puedan quedar al imperio, o podríamos decir: o vencemos radicalmente esos problemas o moriremos».

Fidel Castro, Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005.

El acto conmemoraba el 60º aniversario de su ingreso a la universidad y coincidía con el Día Internacional del Estudiante.

En esta intervención de más de tres horas, Castro sorprendió al realizar una profunda autocrítica sobre los problemas internos de la Revolución cubana, tales como la corrupción, el robo de recursos al Estado, el mercado negro y las desigualdades sociales emergentes.

Fue la primera vez que el líder cubano planteó abiertamente la tesis de la reversibilidad del proceso revolucionario. Advirtió que el peligro real de derrumbe ya no provenía de una invasión militar de Estados Unidos, sino de los propios errores y vicios éticos cometidos desde el interior del país.

Este breve ensayo busca recrear el paralelo entre el APRA, Haya de la Torre y Fidel Castro hasta poco antes de la victoria militar del Movimiento 26 de Julio y su ejército guerrillero en diciembre de 1958.

También busca explicar cómo es que Castro desde 1952, con apenas 26 años, instrumentó un proyecto revolucionario a su imagen y semejanza, a su medida personal, en tanto que el término adecuado no debiera ser ‘Revolución Cubana’ sino ‘Revolución Fidelista’.

Por ello es que: muerto Fidel, muerto el fidelismo, en sus diversos lugares y sucursales. Lo que explica en mucha cuenta que Cuba, Venezuela y Nicaragua estén al garete, en proceso de ser anexados política y económicamente por las potencias imperialistas.

En cambio, el proyecto de Haya de la Torre fue sobre todo una gesta programática continental, que subsiste y se refuerza con el tiempo, aun cuando la mayoría de los ‘partidos apristas’ hayan desaparecido o perdido presencia de la escena social latinoamericana.

Pero cuando las ideas retoman energía histórica; renacen, vuelven a florecer, en nuevos árboles, en nuevos bosques. Muchas veces cuando se muere es porque se renacerá nuevamente, como el Ave Fénix.

En septiembre de 1945 Fidel Castro ingresa a la universidad de la Habana y ya en 1946 fue su primer intento de postular a la Federación de Estudiantes – FEU.

El 11 de septiembre de 1948 logra ser electo presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho con el apoyo del UIR – Unión Insurreccional Revolucionaria, facción violentista ligada al Partido Auténtico en el poder.

Ya para entonces desde el 15 de mayo de 1947 Fidel Castro Ruz fue militante fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) liderado por Eduardo Chibás, de claro corte democrático y reformista, que repudiaba al Partido Comunista Cubano (PSP) y con él a su fundador José Antonio Mella.

El Partido Aprista Cubano – PAC fue fundado en 1933 en La Habana, como una organización política de izquierda nacionalista y antiimperialista, directamente inspirada en la doctrina del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre.

El partido nació al calor de la Revolución de 1933, el proceso que derrocó a la dictadura del general Gerardo Machado. En ese momento de intensa efervescencia obrera y estudiantil, destacados intelectuales cubanos vieron en el aprismo la propuesta programática más avanzada para transformar América Latina, planteando una tercera vía nacionalista frente al capitalismo estadounidense y al comunismo soviético.

Entre sus líderes e intelectuales principales se puede mencionar a:

Enrique de la Osa: Reconocido periodista e historiador (quien años más tarde dirigiría la influyente sección «En Cuba» de la revista Bohemia), fue el principal organizador y el cerebro teórico detrás de la sección cubana del APRA.

Carlos Manuel Pellecer: Intelectual y activista que colaboró estrechamente en la difusión de las tesis indoamericanas en la isla.

Sandio Junco: Destacado líder sindical y activista afrodescendiente que inicialmente adhirió al trotskismo pero colaboró estrechamente con Enrique de la Osa en el ala obrera de la fundación aprista.

Figuras del pensamiento cubano de la época, como el filósofo Enrique José Varona y el ensayista Jorge Mañach, expresaron públicamente su simpatía por los planteamientos del partido.

Se puede rastrear el pensamiento y los nombres de quienes simpatizaban, en los artículos publicados en la revista Atuei (órgano del aprismo cubano de los años 20 y 30) y en las editoriales que se conservan en el archivo histórico de la revista Bohemia.

El ideario de los fundadores del Partido Aprista Cubano (PAC), liderados por Enrique de la Osa, y de las corrientes nacionalistas de izquierda que se fusionaron en el Partido Auténtico se plasmó de forma profunda y exitosa en los debates de la Constitución cubana de 1940.

Esa carta magna, considerada una de las más progresistas de su tiempo en América Latina, adoptó casi de manera literal las propuestas del aprismo primigenio (antiimperialismo, reforma agraria, justicia social y nacionalismo económico), gracias a la destacada participación de la bancada del Partido Auténtico en la Asamblea Constituyente.

Dicho ideario se materializó principalmente en las siguientes áreas de debate y artículos aprobados:

1. La prohibición del latifundio y la Reforma Agraria.

El pilar aprista de la reforma agraria y la soberanía sobre la tierra se debatió intensamente frente a los sectores conservadores. El resultado fue el histórico Artículo 90, el cual:

– Declaró oficialmente la proscripción del latifundio en Cuba.

– Estableció que la ley fijaría el máximo de tierra que una persona o empresa podía poseer.

– Restringió la adquisición de tierras por parte de ciudadanos y empresas extranjeras, una medida directa contra el control que las compañías azucareras de Estados Unidos ejercían sobre el suelo cubano.

2. El constitucionalismo social y derechos laborales radicales.

Inspirados en las tesis obreras del aprismo, los constituyentes nacionalistas lograron que el trabajo dejara de ser visto como una mera mercancía y fuera elevado a un derecho social protegido por el Estado. Se impusieron debates que dieron origen a conquistas laborales de vanguardia:

– Jornada de 8 horas y semana laboral de 44 horas con pago equivalente a 48 horas.

– Instauración del salario mínimo obligatorio y el pago de un mes de vacaciones anuales retribuidas.

– Prohibición absoluta de la discriminación salarial por motivos de raza, sexo o color.

– Reconocimiento constitucional del derecho a la huelga y de la sindicalización libre.

3. Nacionalismo económico y protección de los recursos naturales.

El principio antiimperialista de defender los recursos frente al capital transnacional se tradujo en una fuerte intervención estatal en la economía. Se debatió y aprobó que:

– Los bienes del subsuelo (minerales, petróleo, fuentes de energía) pertenecían de forma inalienable a la Nación.

– El Estado cubano asumía la facultad de nacionalizar servicios públicos y expropiar bienes por motivos de utilidad pública e interés social, mediante una indemnización previa.

4. La Creación del Banco Nacional de Cuba.

El aprismo continental insistía en la necesidad de centralizar las finanzas públicas para romper la dependencia de la banca de Wall Street. Los delegados de izquierda impulsaron con éxito el mandato constitucional para fundar un banco central propio, lo que años más tarde (en 1948, bajo el gobierno del Partido Auténtico de Carlos Prío Socarrás) se materializaría con la creación del Banco Nacional de Cuba, otorgándole a la isla el control definitivo sobre su emisión monetaria y su política de créditos.

LA CONSTITUCIÓN DE 1940 ES LA MATRIZ DEL PROCESO QUE DESEMBOCA EN EL DERROCAMIENTO DE FULGENCIO BATISTA EL 1 DE ENERO DE 1959. A PESAR DE LA REVOLUCIÓN FIDELISTA SIGUE VIGENTE HASTA NUESTRO TIEMPO.

La gran energía histórica de la Constitución de 1940 radica en que, para ser aprobada, requirió un amplio consenso político.

Sin embargo, aunque el ideario de los fundadores apristas quedó claramente redactado en el papel, los gobiernos corruptos de la época y el posterior golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952 impidieron que muchas de estas avanzadas leyes sociales se aplicaran en la realidad, lo que alimentó la frustración de la juventud que terminaría optando por la vía insurreccional armada.

La transición política del Partido Aprista Cubano (PAC) al Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) representa la evolución de la izquierda nacionalista democrática en la Cuba republicana. Aunque cronológicamente estuvieron separados por una década, existe un hilo conductor directo entre ambos proyectos a través de sus ideas reformistas, sus banderas éticas y, fundamentalmente, sus militantes e intelectuales.

El traspaso ideológico y humano entre ambas organizaciones se estructuró a través de los siguientes pilares históricos:

1. El eslabón perdido: El Partido Auténtico.

Para entender cómo las ideas del Partido Aprista Cubano terminaron influyendo en el Partido Ortodoxo, es necesario revisar el puente que los unió: el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico).

PARTIDO APRISTA CUBANO (1933)

(Izquierda nacionalista / Doctrinas de Haya de la Torre)

▼ Fusionado en 1937

PARTIDO REVOLUCIONARIO CUBANO (AUTÉNTICO)

(Maquinaria de Grau San Martín / Adopta el ideario social)

▼ Ruptura en 1947 por corrupción

PARTIDO DEL PUEBLO CUBANO – ORTODOXO

(Liderazgo de Eduardo Chibás / Rescate ético del programa original).

En 1937 el Partido Aprista Cubano decidió disolverse para integrarse al Partido Auténtico de Ramón Grau San Martín. Los cuadros intelectuales apristas inyectaron sus conceptos de justicia social, antiimperialismo moderado y reforma agraria en el programa auténtico, logrando plasmarlo con éxito en la avanzada Constitución de 1940.

2. La crisis ética y el nacimiento ortodoxo (1947).

Cuando el Partido Auténtico llegó finalmente a la presidencia de la República con Grau San Martín (1944-1948), los ideales sociales inspirados en el aprismo fueron severamente traicionados por escándalos monumentales de corrupción administrativa, malversación de fondos y el auge del «gansterismo político».

Ante esta decepción, Eduardo Chibás —quien militaba en el ala izquierda del ‘autenticismo’ y compartía la misma sensibilidad nacionalista y antiimperialista de las tesis apristas — decidió romper con el gobierno. El 15 de mayo de 1947, Chibás fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). La palabra «Ortodoxo» se eligió precisamente para proclamar que ellos rescataban la «ortodoxia» o pureza original de las banderas revolucionarias y sociales que los ‘auténticos’ habían vendido por dinero.

3. Coincidencias ideológicas y metodológicas.

El Partido Ortodoxo heredó el mismo espacio político y la misma base social que el aprismo histórico había intentado movilizar en la década de 1930:

– La Tercera Vía: Ambos partidos rechazaban el capitalismo corporativo estadounidense, pero mantenían un firme anticomunismo. Se oponían radicalmente a la rigidez dictatorial de la Unión Soviética y a las directrices de Moscú. Defendían un socialismo democrático de mercado, ético e institucional adaptado a la realidad de la isla.

– Soberanía y Reforma Agraria: El lema ‘chibasista’ de «Vergüenza contra dinero» complementaba la vieja exigencia aprista de la nacionalización progresiva de los servicios públicos y la expropiación legal del latifundio extranjero que controlaba el azúcar cubano.

– La cantera juvenil: Ambas organizaciones basaron su fuerza en la agitación de la juventud universitaria, los intelectuales de clase media y los sectores obreros descontentos, una masa que exigía una revolución moral antes que una revolución marxista de ‘clases’.

4. Personajes clave en la transición.

El trasvase humano entre ambas corrientes es evidente en figuras de primer orden de la intelectualidad cubana. El caso más emblemático es el del periodista Enrique de la Osa:

– En 1933, fue el fundador, cerebro teórico y secretario general del Partido Aprista Cubano.

– En las décadas de 1940 y 1950, de la Osa se convirtió en el cronista de cabecera del Partido Ortodoxo a través de su mítica sección «En Cuba» de la revista Bohemia, desde donde defendió persistentemente la memoria de Eduardo Chibás tras su suicidio en 1951.

El desenlace histórico.

Al igual que el Partido Aprista Cubano terminó diluyéndose en el Partido Auténtico en 1937, el Partido del Pueblo Cubano sufrió su propia disolución de facto tras el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952. La parálisis de la cúpula ortodoxa profesional empujó a la juventud más combativa del partido (la Generación del Centenario) a seguir a un joven candidato a diputado ortodoxo: Fidel Castro.

Castro utilizó la base social, el fervor popular y el dinero de los militantes ortodoxos para financiar el asalto al Cuartel Moncada en 1953 y fundar el Movimiento 26 de Julio, cerrando así el ciclo de los partidos democráticos y nacionalistas de la isla para dar paso a la implantación de un régimen totalitario de partido único.

La reacción de Víctor Raúl Haya de la Torre ante la fundación del Partido del Pueblo Cubano en 1947 fue de profunda simpatía ideológica, respaldo político y validación doctrinaria. El líder peruano vio en el movimiento de Eduardo Chibás la materialización cabal de la «Tercera Vía» continental que él mismo promovía a través del APRA.

Esta sintonía se manifestó a través de varios factores clave:

1. Celebración de la ruptura con los «Auténticos».

Haya de la Torre había seguido con preocupación el gobierno de Ramón Grau San Martín en Cuba (1944-1948). El Partido Auténtico se había fundado en parte con las bases del viejo Partido Aprista Cubano y su programa original estaba calcado de las tesis de Haya.

Ver que ese gobierno caía en niveles galopantes de corrupción dolió hondamente al líder peruano. Por ello, saludó la decisión de Chibás de rebelarse contra su propio partido, interpretándola como un acto de «limpieza ética indispensable» para salvar las ideas democráticas y nacionalistas del Caribe.

2. Sintonía en el uso de los nombres partidarios.

Existe un paralelismo directo y coordinado en la identidad de ambas organizaciones durante esa época exacta:

– En 1945, al salir de la clandestinidad en el Perú, el partido de Haya de la Torre decidió adoptar legalmente el nombre de Partido del Pueblo.

– En 1947, Chibás bautizó a su agrupación precisamente como Partido del Pueblo Cubano.

Para Haya de la Torre, esta coincidencia no era un accidente; demostraba que tanto en el Perú como en Cuba la izquierda democrática buscaba presentarse no como partidos marxistas de clase obrera, sino como amplios movimientos policlasistas y populares (integrados por obreros, campesinos y clases medias).

3. Afinidad doctrinal total.

Haya de la Torre y Eduardo Chibás mantuvieron comunicación y manifestaron una coincidencia absoluta en el diseño de sus programas políticos:

– Antimperialismo sin comunismo: Ambos defendían la soberanía económica frente al capital financiero de Estados Unidos y la reforma agraria, pero con un firme rechazo al comunismo soviético. Coincidían en que el totalitarismo de Moscú no era una alternativa para América Latina.

– La bandera de la ética: El lema ortodoxo de «Vergüenza contra dinero» encajaba a medida con la mística moral de «sacrificio y disciplina» que Haya exigía a los militantes del aprismo.

El trágico desenlace de la alianza.

La prematura desaparición de Eduardo Chibás tras su suicidio en 1951 y el golpe de Estado de Manuel Odría en el Perú (que obligó a Haya de la Torre a asilarse en la Embajada de Colombia desde 1949 hasta 1954) truncaron la posibilidad de consolidar un eje político formal entre el Partido del Pueblo en Lima y el Partido del Pueblo en La Habana.

No obstante, en sus escritos posteriores, Haya de la Torre siempre recordó la gesta ortodoxa de 1947 como uno de los intentos más nobles del reformismo democrático de América Latina, lamentando que la parálisis de su cúpula posterior abriera el camino para la radicalización hacia el comunismo que él siempre combatió.

Fidel Castro por su parte mantuvo un vínculo político y fundacional absoluto con el Partido del Pueblo Cubano desde su creación en 1947 hasta el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952. Este partido, fundado por un carismático líder como Eduardo Chibás, fue la única organización política en la que militó Castro y sirvió como la gran cantera ideológica, logística y humana de la futura ‘Revolución Cubana’.

Las claves de la relación entre Fidel Castro y el Partido del Pueblo se resumen en los siguientes aspectos estructurales:

1. Su ingreso como miembro fundador (1947).

Fidel Castro se unió al Partido Ortodoxo el mismo año de su fundación, el 15 de mayo de 1947. En ese momento, Castro era un estudiante de Derecho de 20 años en la Universidad de La Habana. Se sumó entusiasmado a la ruptura de Eduardo Chibás con el gobernante Partido Auténtico, atraído por un discurso radical de limpieza ética que prometía desterrar la rampante corrupción administrativa y la violencia pandillera que asolaban al país.

2. Influencia ideológica: «Vergüenza contra dinero».

La formación política pública de Fidel Castro estuvo moldeada por las banderas del ‘chibasismo’:

– El nacionalismo de Martí: El partido rescataba el pensamiento soberano de José Martí, exigiendo la independencia económica de Cuba frente a la influencia de Estados Unidos, pero sin adoptar el comunismo estalinista soviético.

– Agitación de masas: Fidel aprendió de Chibás —quien movilizaba multitudes a través de sus dominicales y volcánicos discursos de radio— el uso de la oratoria dramática y el carisma personal como herramientas de agitación popular. El lema ortodoxo «Vergüenza contra dinero» fue asimilado por el joven abogado.

3. La candidatura a diputado de 1952.

Castro pretendía ascender al poder a través de los canales institucionales del Partido del Pueblo. Para las elecciones generales programadas para el 1 de junio de 1952, Fidel logró postularse oficialmente como candidato a diputado (representante a la Cámara) por una circunscripción de La Habana.

Las encuestas de la época auguraban una victoria aplastante para el Partido Ortodoxo en la presidencia y el parlamento. Sin embargo, tres meses antes de los comicios, el 10 de marzo de 1952, el general Fulgencio Batista ejecutó un golpe de Estado militar que suspendió las elecciones y clausuró la vía democrática en la isla.

4. La fractura post-golpe y el nacimiento de «El Movimiento».

El suicidio de Eduardo Chibás en 1951 había dejado al partido sin un jefe indiscutible. Ante el golpe de Batista en 1952, la dirección oficial del Partido Ortodoxo adoptó una postura inmovilista y pacífica que causó una profunda frustración en sus bases.

Fidel Castro capitalizó ese descontento y dividió de facto a la organización:

– El ala radical: Castro reclutó a la juventud más combativa, insatisfecha y humilde de la Juventud Ortodoxa (como Abel Santamaría, Haydée Santamaría y Juan Manuel Márquez, entre otros muchos).

– La Generación del Centenario: Con estos militantes ortodoxos de base fundó un grupo clandestino inicialmente llamado «El Movimiento». Este aparato celular, financiado con los ahorros de los propios jóvenes ortodoxos, fue el que ejecutó el asalto al Cuartel Moncada en 1953 y el que posteriormente daría vida formal al Movimiento 26 de Julio.

Tras el triunfo de 1959, la vieja cúpula oficial del Partido Ortodoxo que no se había unido a la vía armada de Fidel rompió con el nuevo gobierno debido a su rumbo comunista y terminó en el exilio, completándose el proceso en el que Castro confiscó la inmensa base social del Partido del Pueblo – Ortodoxo para legitimar la implantación de un régimen de partido único.

La histórica visita a la tumba de Chibás en enero de 1959.

El 8 de enero de 1959, el día de su entrada triunfal a la capital tras la huida de Fulgencio Batista, Fidel Castro encabezó la llamada «Caravana de la Libertad». Una de las paradas obligatorias, cargada de un alto simbolismo político, fue el Cementerio de Colón.

Allí, frente al panteón donde descansaban los restos de Eduardo Chibás, Fidel Castro depositó una ofrenda floral, guardó un minuto de silencio y pronunció unas palabras ante una multitud.

Con este gesto, Castro buscaba enviar un mensaje directo a la nación: la Revolución que acababa de triunfar no era un proceso improvisado, sino la culminación y el cumplimiento de las promesas de regeneración moral, justicia social y limpieza ética que el respetado líder ortodoxo había defendido en vida. Fue una forma de legitimarse ante las enormes masas populares que todavía guardaban luto y devoción por la memoria de Chibás.

Presidentes de la FEU (1945 – 1958).

El liderazgo de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) en la Universidad de La Habana pasó por tres etapas: la época del gansterismo político, la transición democrática y la etapa de la clandestinidad armada urbana.

– Manolo Castro (1945 – 1946): Jefe del grupo de acción armada Movimiento Socialista Revolucionario (MSR). Controló el campus universitario bajo métodos violentos vinculados al gobernante Partido Auténtico.

– Benigno Arbezú (1946 – 1947): Sucedió a Manolo Castro en una etapa de alta violencia y balaceras callejeras entre pandillas políticas rivales (MSR contra UIR).

– Enrique Ovares López (1947 – 1949): Elegido como presidente de consenso para pacificar el campus. Reformó los estatutos instituyendo las elecciones por voto directo y secreto de los estudiantes.

– Pedro Mirasou (1949): Ejerció una breve presidencia de transición tras la salida de Ovares, manteniendo la neutralidad del cargo frente a las maquinarias de los partidos nacionales.

– Ángel «El Chino» Quevedo (1950): Aliado estudiantil de Fidel Castro, lideró una línea de izquierda nacionalista, civilista y contraria al gansterismo político universitario.

– Álvaro Barba Machado (1952): Elegido en enero de 1952. Le tocó liderar la respuesta inicial de la FEU y las primeras protestas desde la ‘escalinata’ de la universidad contra el golpe de Estado militar de Fulgencio Batista el 10 de marzo de ese año.

– Germán Moré (1953 – 1954): Asumió el cargo en un período de extrema represión y debilidad de la dirección estudiantil, lo que provocó fuertes divisiones internas y su posterior renuncia el 16 de abril de 1954. Tras su salida, Benigno Arbezú reasumió las funciones de forma interina por unos meses.

– José Antonio Echeverría (1954 – 1957): Elegido el 30 de septiembre de 1954 y reelegido por mayoría absoluta en 1956. Transformó a la FEU en la organización de resistencia urbana más radical de la isla y fundó su brazo armado, el Directorio Revolucionario. Murió en combate el 13 de marzo de 1957 tras el asalto al Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj.

– Fructuoso Rodríguez (1957): Sucedió inmediatamente a Echeverría tras su muerte. Su mandato duró apenas un mes, ya que fue delatado y asesinado por la policía de Batista el 20 de abril de 1957 en la tristemente célebre Masacre de Humboldt 7.

– Juan Nuiry Sánchez (1957 – 1958): Asumió la presidencia de la FEU en la clandestinidad más absoluta, coordinando las redes urbanas de apoyo a la guerrilla y las milicias estudiantiles en las ciudades hasta el colapso final de la dictadura en diciembre de 1958.

Cómo la FEU moldeó la opción por la vía armada.

El paso de Fidel Castro por la Universidad de La Habana entre 1945 y 1950 fue el laboratorio político donde concluyó que la oratoria y las leyes eran inútiles si no estaban respaldadas por la fuerza coercitiva de las armas.

1. La lección del «gansterismo universitario»: Al ingresar a la universidad, Castro intentó hacer política civil, pero las pandillas armadas (como el MSR) frustraron su postulación a la presidencia de la FEU en 1946 mediante amenazas de muerte con armas de fuego dentro del campus. Castro comprendió que en Cuba el poder real se ejercía por la violencia. Para sobrevivir y ganar la presidencia de Derecho en 1948, tuvo que aliarse con otra facción armada: la Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR).

2. El fracaso de las instituciones republicanas: Ver cómo los grupos de acción armados transaban cargos públicos, ministerios y prebendas económicas con el gobierno del Partido Auténtico de Ramón Grau San Martín convenció a Castro de que las instituciones democráticas tradicionales estaban corrompidas e incapacitadas para autorregularse.

3. La confirmación del golpe de 1952: Cuando Fulgencio Batista ejecutó su golpe de Estado en 1952 y suspendió las elecciones parlamentarias (donde Castro era candidato a diputado por el Partido Ortodoxo), la teoría que había aprendido en la FEU se confirmó en su mente: las leyes no servían para frenar el poder militar. Si Batista había tomado el poder por las armas, solo con las armas se le podría derrocar.

El origen de la tendencia hacia el proyecto totalitario de partido único.

La estructura autoritaria, monopólica y vertical que Fidel Castro implantó en Cuba posterior a 1959 no fue una improvisación coyuntural, sino el reflejo directo de los métodos de control y la profunda desconfianza hacia el pluralismo que asimiló en su etapa universitaria:

– Desprecio por la disidencia interna: En las asambleas universitarias de los años 40, las discusiones no se resolvían por debates plurales o consensos, sino por la imposición de la facción más fuerte o el exterminio físico y político del rival. Castro trasladó esa cultura de la «lucha de facciones» al plano nacional: para él, la existencia de partidos de oposición no representaba democracia, sino «faccionalismo, debilidad y división» que el enemigo externo (Estados Unidos) podía explotar para destruir el proceso.

– La necesidad del mando vertical único: Durante sus años en «la colina» (campus universitario), Castro vio cómo la fragmentación de la oposición en múltiples grupúsculos y pandillas facilitaba el control del gobierno de turno. De allí nació su obsesión por centralizar el mando de forma absoluta. Primero lo aplicó en «El Movimiento» clandestino de 1952 (aplicando una compartimentación estricta donde solo él decidía) y, tras el triunfo de 1959, disolvió o absorbió a las demás organizaciones (como el Directorio Revolucionario y el Partido Ortodoxo) para unificarlas bajo un único aparato controlado por él: el Partido Comunista de Cuba (PCC).

– El monopolio de la legitimidad: En la FEU de su época, quien controlaba ‘la colina universitaria’, lugar estratégico del campus, controlaba de forma exclusiva la representación legítima de toda la juventud cubana. Al llegar al poder del Estado, Castro replicó ese modelo corporativista a nivel nacional: ilegalizó cualquier asociación civil independiente y creó monopolios estatales de control de masas (la FEU oficialista, los CDR, la FMC), estableciendo la máxima de que fuera del Partido Único y de las organizaciones del Estado no existía legitimidad política permitida.

En conclusión, la Universidad de La Habana no solo proveyó a Fidel Castro de un título de abogado; le inoculó la convicción de que la política era una guerra de suma cero donde el poder se tomaba por la fuerza de las armas y se conservaba mediante el monopolio absoluto del control social.

En su novela ‘Tiempos recios’ (2019), Mario Vargas Llosa construye una sólida tesis historiográfica para explicar cómo la geopolítica de la Guerra Fría y los errores estratégicos de Estados Unidos empujaron a toda una generación de jóvenes latinoamericanos de centro-izquierda —democráticos, republicanos y reformistas— hacia la radicalización, la lucha armada y el comunismo de corte soviético.

El autor sustenta esta deriva radical a través de tres pilares argumentales perfectamente entrelazados en la trama de la novela:

1. La destrucción de la vía democrática y el «Efecto Árbenz».

Vargas Llosa demuestra que los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz en Guatemala no buscaban implantar una dictadura comunista, sino modernizar el país bajo un modelo capitalista democrático y republicano. Su gran aspiración era una reforma agraria que eliminara los resabios feudales, similar a la que Estados Unidos había promovido con éxito en el Japón de la posguerra.

La novela sustenta que el brutal golpe de Estado orquestado por la CIA en 1954 para derrocar a Árbenz envió un mensaje trágico y destructivo a toda la juventud de la región: la vía democrática, legal y pacífica para lograr la justicia social en América Latina estaba clausurada por la intolerancia de Washington.

A través de este análisis, Vargas Llosa conecta directamente la caída de Guatemala con el nacimiento de la impronta autoritaria de Fidel Castro. Castro, que se había formado en el reformismo del Partido del Pueblos de Cuba (Ortodoxo), concluyó de forma pragmática que un gobierno moderado y democrático como el de Árbenz era débil y fácil de derrocar; por lo tanto, la única forma de que una revolución sobreviviera en Cuba era liquidar la democracia electoral, purgar al ejército tradicional, fusilar a la oposición y buscar de inmediato el escudo militar y nuclear de la Unión Soviética.

2. La total invención del peligro “Comunismo Soviético».

Uno de los núcleos de la novela es la reconstrucción de cómo se fabricó la mentira histórica que sirvió de pretexto para intervenir en Guatemala. Vargas Llosa detalla el rol de dos personajes reales siniestros: Sam Zemurray (dueño de la United Fruit Company) y Edward Bernays (el padre de las relaciones públicas modernas).

– La estrategia de propaganda: Bernays diseñó una masiva y costosa campaña de desinformación en los principales medios de prensa estadounidenses (The New York Times, Time, etc.). Aprovechando la paranoia ‘macartista’ de la época, inventó la fábula de que Guatemala se había convertido en una «cabeza de playa» del comunismo soviético en el Caribe y que ponía en riesgo la seguridad del Canal de Panamá.

– La paradoja histórica: Vargas Llosa enfatiza la ironía de que el comunismo en la Guatemala de Árbenz era prácticamente inexistente; el partido comunista local (el PGT) era minúsculo y Árbenz jamás recibió un solo rublo, asesor o fusil de Moscú. Sin embargo, la intervención de la CIA para extirpar ese «comunismo imaginario» terminó provocando el efecto contrario: validó el discurso de la izquierda radical de que Estados Unidos era un enemigo implacable, empujando de verdad a miles de jóvenes hacia los brazos de la Unión Soviética en los años siguientes.

3. El rol de la dirigente aprista Hilda Gadea en la radicalización de Ernesto Guevara.

El vínculo humano e ideológico entre el destino de Guatemala y la futura Revolución Cubana se encarna en la novela a través de la relación entre la economista peruana Hilda Gadea Acosta y el joven médico argentino Ernesto Guevara.

– La mentora intelectual: Vargas Llosa retrata a Hilda Gadea como una alta dirigente exiliada del APRA, con una formación política e intelectual inmensamente superior a la de Ernesto cuando este llegó a Guatemala como un vagabundo idealista. Es Hilda quien introduce formalmente al Che en el estudio sistemático del marxismo, le provee su biblioteca teórica y, fundamentalmente, lo introduce en los círculos del gobierno de Árbenz y le presenta a los exiliados cubanos del asalto al cuartel Moncada de 1953.

– El catalizador de la Sierra Maestra: El Che Guevara vivió en carne propia el golpe de la CIA de 1954 en Ciudad de Guatemala. Presenció cómo Árbenz se negó a armar a las milicias populares por respeto a la legalidad constitucional, facilitando su propia caída. Esa experiencia radicalizó al Che de forma definitiva. En la novela se sustenta cómo Guevara, endurecido por el trauma guatemalteco, viaja a México y le transmite a Fidel Castro la convicción de que las revoluciones no pueden ser democráticas ni pacíficas.

En conclusión, la novela vargasllosiana ‘Tiempos recios’ funciona como un gran fresco historiográfico que demuestra cómo la intolerancia comercial de una multinacional frutera y la histeria anticomunista de la CIA destruyeron un experimento democrático ejemplar en Guatemala, regalándole a Fidel Castro y al Che Guevara la justificación moral y política perfecta para proliferar en todo el continente de que la única vía viable era la dictadura armada de partido único.

Finalmente, ¿Qué fue más, Fidel Castro se volvió ‘comunista’ para ganar la protección de la URSS o producto del apoyo de la URSS se volvió ‘marxista-leninista’?

La respuesta histórica más precisa es una combinación de ambos factores, pero con un peso inicial determinante en la primera opción: Fidel Castro adoptó la etiqueta del comunismo de manera oficial y acelerada principalmente de forma pragmática para garantizar la supervivencia de su régimen frente a Estados Unidos y obtener el escudo nuclear, militar y económico de la Unión Soviética.

Esta actitud guarda una secuencia con sus sucesivos acuerdos y pactos políticos previos: con el UIR en la FEU (1946-1948), como fundador del Partido del Pueblo al lado de Chivás en 1947, con su postulación a diputado en 1952, con los jóvenes ortodoxos para asaltar el cuartel Moncada (al que llegó tarde y en el que no combatió) en 1953, el indulto por parte de Batista en 1955, el Pacto de México para financiar el Gramma, el Pacto de Caracas en 1958, etcétera. Todos tenían un elemento en común: él sería siempre la cabeza pues se trataba de una revolución a su medida, fidelista, con él como jefe vitalicio. Estaba en su ADN.

Por ello el Pacto con Moscú no fue una simple farsa oportunista, sino una secuencia que venía de atrás y una confluencia de factores tácticos e ideológicos que se desarrollaron en las siguientes etapas:

1. El pragmatismo geopolítico (Se vuelve comunista para ganar protección).

En 1959, la Revolución cubana no nació comunista. El programa del Movimiento 26 de Julio era nacionalista, democrático y reformista. No obstante, a medida que Fidel Castro comenzó a aplicar leyes radicales (como la Reforma Agraria) y a confiscar propiedades estadounidenses, las tensiones con Washington escalaron rápidamente.

Fidel Castro, un estratega sumamente realista, comprendió que Cuba —una isla pequeña a solo 90 millas de la superpotencia de EE. UU.— no podría resistir un embargo económico o una invasión militar directa (como la que se preparaba en Bahía de Cochinos) de forma aislada. En el contexto bivalente de la Guerra Fría, el único poder en el planeta capaz de frenar a Estados Unidos era la Unión Soviética.

Al declarar el carácter «socialista» de la Revolución el 16 de abril de 1961 (justo antes de los combates de Playa Girón) y proclamarse «marxista-leninista» en diciembre de ese mismo año, Fidel Castro le envió un mensaje inequívoco a Moscú: Cuba ya formaba parte de su bloque ideológico. Esto obligó a Nikita Jrushchov a asumir la defensa de la isla, lo que culminaría en un masivo subsidio económico, suministro de armamento moderno y la Crisis de los Misiles de 1962.

2. La radicalización mutua (El apoyo soviético consolidó el comunismo).

Una vez que el flujo de recursos soviéticos comenzó a sostener la economía cubana, se produjo el segundo fenómeno: las estructuras de la URSS moldearon e institucionalizaron el comunismo en Cuba.

– La dependencia total: A cambio del petróleo, las fábricas y los créditos soviéticos, Cuba tuvo que reestructurar todo su Estado. Se disolvieron las organizaciones originales y se creó un partido único (el Partido Comunista de Cuba) calcado del modelo soviético.

– La conveniencia interna: A Fidel Castro el modelo totalitario soviético le resultó sumamente funcional para sus ambiciones personales. El ‘centralismo democrático’, la eliminación de la propiedad privada y la censura de la prensa independiente le permitieron concentrar todo el poder en su figura de manera vitalicia, eliminando cualquier contrapeso político interno bajo la justificación de «defender el socialismo».

3. Las inclinaciones previas ocultas.

Aunque el giro fue pragmático para el consumo público, Fidel Castro ya poseía una fuerte inclinación antiimperialista y de izquierda radical desde sus tiempos universitarios, influenciado por lecturas marxistas. Además, se rodeó deliberadamente de figuras abiertamente comunistas como su hermano Raúl Castro y el Che Guevara, quienes sirvieron como los primeros puentes secretos con la inteligencia soviética (KGB) antes de que la Revolución triunfara. Fidel ocultó estas simpatías durante la guerra en la Sierra Maestra porque sabía que si se declaraba comunista perdería el apoyo financiero y político de la clase media cubana y de gran parte de sus comandantes y milicianos, además de integrantes ortodoxos del Movimiento 26 de Julio, y el apoyo popular del Partido del Pueblo de Chubás.

En conclusión, Fidel Castro utilizó el comunismo como un escudo geopolítico de supervivencia. No se volvió comunista simplemente porque recibió apoyo de la URSS, sino que se declaró comunista para forzar a la URSS a darle ese apoyo, descubriendo en el proceso que el modelo soviético de control absoluto era el vehículo perfecto para perpetuar su liderazgo indiscutible.

Hoy en 2026, siete décadas después, tenemos a las claras los resultados de la revolución fidelista vitalicia.

Por su lado, el APRA de Haya de la Torre que lo precedió e inspiró, se prepara para volver a alzar vuelo, en la nueva Indoamérica del siglo XXI.

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