Escribe: Jhon Smith

Cole Thomas Allen, ese miserable rata de 31 años, profesorcito de California es la viva imagen de la podredumbre moral que es toda la izquierda radical y antiestadounidense. Esta rata cobarde viajó desde Los Ángeles hasta Washington, se hospedó en el hotel, armó un manifiesto de más de mil palabras lleno de odio visceral y, minutos antes de actuar, lo envió a su familia. Luego intentó irrumpir armado en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, donde estaba el presidente Donald Trump junto a su esposa Melania y altos funcionarios de su administración. Disparó. Quiso hacer un magnicidio. Quiso bañar de sangre el evento. Y lo hizo mientras llamaba a Trump “pedófilo, violador y traidor”, negaba el perdón cristiano y justificaba su violencia como “no complicidad” con supuestos crímenes.

Este no fue un “desequilibrado solitario” cualquiera. Fue un fanático ideológico criado en el veneno del progresismo radical: el mismo que demoniza a medio país, acusa sin pruebas, inventa narrativas de odio y, cuando pierde el control de la narrativa, pasa de las palabras a las balas. En su asqueroso manifiesto se atrevió a escribir que no estaba dispuesto a “permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes”. ¿De dónde saca esa basura? De años de propaganda mediática tóxica, de redes sociales que amplifican el delirio, de una cultura que ha normalizado llamar “fascista” a cualquiera que defienda fronteras, ley y orden, o simplemente gane elecciones que la izquierda no acepta.

Allen planeó matar a funcionarios de la administración Trump, priorizándolos de mayor a menor rango. Dijo que estaba dispuesto a “pasar por casi todos los presentes” porque, según su mente enferma, asistir al evento los convertía en “cómplices”. Hasta calculó usar perdigones para minimizar bajas mientras admitía que mataría a quien hiciera falta. Un cobarde calculador que se escudaba en una supuesta superioridad moral para justificar terrorismo puro y duro.

Que quede claro este intento de magnicidio no es un incidente aislado. Es la consecuencia lógica de años de retórica incendiaria contra Trump y sus votantes. Desde el día uno de su regreso al poder, ciertos sectores han preferido la bala a la urna. Prefieren el caos a aceptar que millones de estadounidenses eligieron libertad, prosperidad y fuerza frente al declive woke. Allen odiaba a los cristianos, odiaba la administración legítima y odiaba a Trump con un fervor casi religioso invertido. Trump lo llamó correctamente un “sick guy” lleno de odio en el corazón.

A esta rata y a todos los que piensan como él hay que decirles sin rodeos el pueblo americano no se doblega ante terroristas. Trump sobrevivió (gracias a Dios y a la rápida respuesta de seguridad), y eso solo refuerza su liderazgo. Cada intento fallido de asesinarlo lo hace más fuerte, más símbolo de resistencia contra la tiranía de las minorías violentas y sus justificadores.

Cole Thomas Allen merece el peso completo de la ley federal Y la pena de muerte. Y la sociedad debe rechazar con furia cualquier intento de humanizarlo, contextualizarlo o culpar “al clima político” como si la culpa fuera compartida. La culpa es de él y de la ideología tóxica que lo envenenó.

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