UN DUCTO ROTO, UN PAÍS PARALIZADO LA IMPROVISACIÓN ENERGÉTICA NOS CUESTA CARO..!!!!!

Escribe: Jhon Smith
La fuga y deflagración ocurrida el 1 de marzo de 2026 en el kilómetro 43 del gasoducto de Camisea, operado por Transportadora de Gas del Perú (TGP), en el distrito de Megantoni (Cusco), ha dejado al Perú en una de las crisis energéticas más graves de los últimos años. Con el abastecimiento de gas natural reducido a entre el 8% y 10% del volumen habitual, el país enfrenta un dilema que revela décadas de improvisación en infraestructura crítica.
Este incidente no es solo un accidente técnico: es la consecuencia previsible de haber concentrado casi toda la generación y transporte de gas natural en un único corredor vulnerable que atraviesa la selva cusqueña. Camisea provee la gran mayoría del gas que alimenta hogares (casi tres millones de conexiones), el transporte público con GNV (Metropolitano, corredores, taxis), industrias, generación eléctrica y hasta la producción de GLP. Una sola falla en ese ducto ya sea por corrosión, falla estructural, mantenimiento deficiente o cualquier otro factor que aún investiga la Fiscalía— paraliza al país entero.
La respuesta del Gobierno ha sido declarar emergencia por 14 días (hasta mediados de marzo), priorizar el suministro a hogares, hospitales y transporte público masivo, y racionar drásticamente el GNV para vehículos particulares. Sin embargo, esta medida de corto plazo expone la fragilidad sistémica ¿por qué en más de 20 años de explotación de Camisea no se construyó una verdadera redundancia? ¿Por qué seguimos dependiendo de un solo ducto terrestre que cruza zonas de alta sismicidad, lluvias intensas?
La discusión pública se ha centrado en elegir entre abastecer a 300 mil taxistas o a millones de familias, pero el verdadero debate debería ser más profundo: la ausencia de diversificación energética. Proyectos como una planta regasificadora en la costa (mencionada por el ministro de Energía) o terminales de importación de GNL han sido anunciados y postergados durante gobiernos anteriores. La dependencia extrema de Camisea nos deja expuestos no solo a accidentes, sino también a cualquier disrupción geopolítica, climática o de seguridad en esa zona.
Mientras tanto, el impacto es múltiple y doloroso:
- Miles de hogares sin gas para cocinar.
- Empresas (cerca de mil reportadas) obligadas a parar o recurrir a diésel mucho más caro.
- Centrales termoeléctricas detenidas, con precios de electricidad disparados (hasta USD 200/MWh en picos).
- Transporte público al límite y amenaza de paros en sectores vulnerables.
- Posible contagio al GLP por la interrupción en líquidos de gas natural.
Es hora de dejar de tratar estos colapsos como emergencias aisladas y asumir que son síntomas de una política energética reactiva y cortoplacista. El Perú necesita con urgencia:
1. Un plan acelerado de redundancia en transporte de gas (ductos alternativos, mayor capacidad de regasificación en el Callao o Paita).
2. Inversión real en diversificación (renovables a gran escala, más hidroeléctrica firme, exploración responsable en otras cuencas).
3. Transparencia total sobre las causas del incidente y responsabilidades (la investigación fiscal a TGP es un paso necesario).
4. Un fondo de contingencia energética que evite que cada falla se convierta en crisis nacional.
Hasta que no rompamos la dependencia de un solo ducto y construyamos resiliencia real, seguiremos jugando a la ruleta rusa cada vez que llueva fuerte en la selva cusqueña o aparezca una falla en Megantoni. Camisea es una bendición para el país, pero convertirla en punto único de fracaso es una irresponsabilidad histórica que ya no podemos seguir postergando.






