Escribe: Jhon Smith

La campaña electoral de 2025, donde Alfonso López Chau se presenta como candidato presidencial por el partido Ahora Nación, un episodio de su pasado ha resurgido para cuestionar su trayectoria política. Se trata de un artículo publicado por López Chau en 1989 en el diario Cambio, un medio estrechamente ligado al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), organización guerrillera responsable de numerosos atentados terroristas en Perú durante las décadas de 1980 y 1990. Este texto, que ha sido viralizado recientemente en redes sociales por el exagente del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) José Luis Gil, revela una relación personal y una percepción ideológica que López Chau mantuvo con Víctor Polay Campos, uno de los líderes más notorios del MRTA.

El artículo de López Chau, titulado de manera evocadora, rememora los orígenes compartidos de ambos en la Juventud Aprista Peruana (JAP), la rama juvenil del Partido Aprista Peruano (APRA), durante los turbulentos años setenta. En ese entonces, Perú vivía una efervescencia política marcada por el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado y el surgimiento de diversas corrientes de izquierda radical. López Chau describe cómo coincidió con Polay en las filas de la JAP, donde ambos militaban con entusiasmo juvenil, aunque sus visiones ideológicas divergían desde temprano. Mientras López Chau se inclinaba hacia posturas más moderadas dentro del aprismo, Polay quien más adelante fundaría el MRTA en 1982 comenzaba a radicalizarse hacia posiciones armadas inspiradas en la lucha anticolonial de Túpac Amaru II. A pesar de estas diferencias, López Chau enfatiza en su escrito que no rompieron lazos personales: «Cada uno siguió su camino, pero el respeto mutuo perduró», escribe, evocando un sentido de camaradería forjado en la militancia compartida.

Años después, ya en pleno auge del conflicto armado interno, López Chau relata un reencuentro casual con Polay en un restaurante limeño. Para ese momento, el MRTA había escalado su actividad violenta en 1987, por ejemplo, habían ejecutado el secuestro y asesinato del empresario Reinaldo Krapp, un acto que generó conmoción en la sociedad peruana y endureció la respuesta estatal contra el grupo. Polay, ya consolidado como comandante guerrillero, operaba en la clandestinidad, pero en ese encuentro fortuito, López Chau lo pinta no como un terrorista, sino como «un luchador social» y, más explícitamente, «un luchador político». En el texto, aclara que no adhiere por completo al programa del MRTA «No comulgo con todo su ideario, pero reconozco su compromiso con los oprimidos», lo que sugiere una simpatía parcial por la causa insurgente, enmarcada en el discurso de justicia social que el grupo utilizaba para justificar sus acciones. Esta caracterización ha sido interpretada por críticos como una forma de legitimación implícita de la violencia política, especialmente en un contexto donde el MRTA era calificado oficialmente como organización terrorista por el gobierno de Alan García.

El destino de Polay añade un matiz dramático a esta anécdota. Solo un año después de la publicación del artículo, en julio de 1990, Polay lideró una de las fugas más espectaculares de la historia carcelaria peruana: escapó del penal de Canto Grande junto a 47 compañeros del MRTA, utilizando túneles excavados durante meses y con apoyo logístico interno. Esta operación no solo humilló al sistema penitenciario, sino que prolongó la amenaza del MRTA en las calles de Lima y provincias. Polay fue recapturado apenas cuatro meses después, en noviembre de 1990, gracias a la labor de inteligencia del GEIN, el mismo grupo que más tarde desmantelaría a Sendero Luminoso. Su captura y posterior juicio marcaron un punto de inflexión en la lucha contra el terrorismo en Perú, contribuyendo al declive del MRTA, que finalmente se desintegró tras la fallida toma de la embajada japonesa en 1996.

Este episodio del pasado de López Chau irrumpe ahora en su campaña como un recordatorio incómodo de las complejidades ideológicas de generaciones pasadas. En un país aún marcado por las cicatrices del conflicto interno que dejó más de 69.000 muertos según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, cualquier vínculo con figuras como Polay puede ser letal para la imagen pública de un aspirante a la presidencia. Intentos por contactar a López Chau para que aclarara o contextualizara sus declaraciones de 1989 vía teléfono y WhatsApp no han prosperado hasta el momento, lo que alimenta especulaciones sobre si este silencio es estratégico o evasivo. En un panorama electoral polarizado, donde temas como la memoria histórica y la seguridad nacional son banderas recurrentes, este artículo podría obligar a López Chau a confrontar no solo su juventud militante, sino también cómo ha evolucionado su visión de la «lucha política» en un Perú que busca cerrar capítulos de violencia para construir un futuro más estable.

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