CONGRESO CITA A JEFE DE LA DINI POR PRESUNTO ESPIONAJE EN CANCILLERÍA..!!!!

Escribe: Jhon Smith
En el Palacio de Torre Tagle, sede de la Cancillería peruana, un escándalo que parecía sepultado en el olvido ha resurgido con fuerza, reavivando temores sobre la vulnerabilidad de las instituciones estatales ante posibles infiltraciones de inteligencia extranjera. Todo comenzó en 2021, durante el gobierno de Pedro Castillo, cuando un equipo de mantenimiento descubrió, por casualidad, dos micrófonos ocultos bajo el escritorio del entonces canciller Óscar Maúrtua de Donayre. Eran dispositivos sofisticados, del tamaño de un botón, capaces de captar conversaciones a distancia sin necesidad de cables visibles. El hallazgo, ocurrido en pleno pico de la pandemia de COVID-19, generó un revuelo interno inmediato, pero el caso se mantuvo en secreto durante cuatro años.
Los micrófonos, según fuentes diplomáticas consultadas por el medio, no eran juguetes aficionados: se trataba de aparatos de alta tecnología, posiblemente importados, diseñados para transmitir audio en tiempo real a receptores remotos. El despacho del canciller, un espacio emblemático en el edificio histórico declarado Patrimonio Cultural de la Nación, se convirtió en el epicentro de la sospecha. ¿Quién los instaló? ¿Durante cuánto tiempo habían estado operativos? Las hipótesis iniciales apuntaron a una posible infiltración externa. Diplomáticos recordaron el retiro reciente del embajador cubano Carlos «Gallo» Zamora Rodríguez, quien dejó Perú abruptamente hace unas semanas, lo que avivó rumores sobre la participación de agentes vinculados a La Habana. Cuba, con su historial de operaciones de inteligencia en América Latina, no era un sospechoso descabellado, especialmente en un contexto de tensiones regionales por migración y alianzas geopolíticas.
Pero la trama se complica con elementos internos. El personal de limpieza, autorizado a ingresar al despacho solo en ausencia del ministro y junto al jefe de Gabinete, surgió como un posible vector de acceso. ¿Fueron sobornados, coaccionados o simplemente utilizados como cobertura? La Cancillería, alarmada, solicitó de inmediato un «barrido electrónico» exhaustivo a la Marina de Guerra del Perú, que cubrió no solo el despacho sino todo el edificio. El informe técnico confirmó la presencia de los dispositivos y descartó fallos en los sistemas de seguridad perimetral, lo que apuntó a un sabotaje deliberado. Sin embargo, Óscar Maúrtua, quien ahora funge como viceministro de Relaciones Exteriores, admitió en una declaración reciente que no impulsó una denuncia formal ante la Fiscalía. «Estaba enfocado en restaurar la imagen internacional del Perú», justificó, mencionando visitas de alto perfil como la del jefe de la diplomacia europea y el subsecretario de Estado de EE.UU. Su omisión, criticada por excolaboradores, permitió que el caso se diluyera en la burocracia.
El detonante del resurgimiento público, que detalló no solo el hallazgo sino también las conexiones con la Dirección Nacional de Inteligencia (DINI). Sorprendentemente, fue precisamente un equipo de la DINI quien identificó los micrófonos en una inspección rutinaria posterior al descubrimiento inicial. Esta revelación ha encendido las alarmas en el Congreso, donde el presidente de la Comisión de Inteligencia, el congresista José Cueto de Renovación Popular, no escatimó en reacciones. «Se ha citado al jefe de la DINI al Congreso», anunció Cueto en un comunicado oficial, refiriéndose al director actual, Luis García Barrionuevo, quien asumió el cargo en medio de controversias previas. La sesión, programada como reservada para salvaguardar detalles sensibles, se llevará a cabo en los próximos días y buscará esclarecer el rol de la DINI: ¿por qué no se alertó de inmediato a las autoridades? ¿Hubo negligencia o, peor aún, complicidad?
Este no es un caso aislado en la historia reciente. La DINI ha estado en el ojo del huracán en múltiples ocasiones: en 2022, su entonces jefe, José Fernández Latorre, fue interrogado por presuntos pagos irregulares a figuras políticas como Vladimir Cerrón; en 2024, bajo el gobierno de Dina Boluarte, se le acusó de vigilar opositores bajo el pretexto de combatir el crimen organizado, con un presupuesto duplicado que superó incluso al de la Policía Nacional. Y en mayo de ese mismo año, el procurador Javier Pacheco pidió investigar al expremier Alberto Otárola y al jefe de la DINI por espionaje denunciado por el contralor Nelson Shack, involucrando vehículos registrados a nombre de funcionarios de inteligencia. Estos episodios pintan un panorama de una agencia opaca, con facultades amplias para «proporcionar inteligencia estratégica al Presidente y al Consejo de Ministros», pero también propensa a abusos que erosionan la confianza pública.
La citación de García Barrionuevo representa un punto de inflexión. En la Comisión de Inteligencia, Cueto ha prometido una pesquisa exhaustiva, que podría extenderse a exdirectores y hasta al Ministerio de Relaciones Exteriores actual, encabezado por Javier González-Olaechea. Expertos en ciberseguridad consultados por medios locales advierten que, en la era digital, estos incidentes podrían ser solo la punta del iceberg: ¿hubo fugas de información sensible sobre negociaciones bilaterales, como las relacionadas con la crisis venezolana o el litigio marítimo con Chile? La Cancillería ha reforzado sus protocolos, instalando detectores adicionales y limitando accesos, pero el daño a la reputación es innegable. Diplomáticos anónimos hablan de un «clima de paranoia», donde las conversaciones se susurran y los teléfonos se revisan obsesivamente.
Mientras el Congreso se prepara para la audiencia, la sociedad peruana observa con inquietud. Este caso no solo cuestiona la integridad de la Cancillería, sino que expone las grietas en el sistema de inteligencia nacional. ¿Servirá la citación para desentrañar la verdad o se convertirá en otro capítulo de impunidad? En un país donde la política ya es un campo minado de desconfianza, el espionaje en Torre Tagle podría ser el catalizador para reformas urgentes en la DINI, o simplemente, otro secreto que se entierra en los archivos. Solo el tiempo, y las declaraciones bajo juramento, lo dirán.
