Escribe: Jhon Smith

La renuncia de Denisse Miralles como presidenta del Consejo de Ministros, apenas 21 días después de asumir el cargo y a solo horas de solicitar el voto de confianza en el Congreso, representa un episodio más en la crónica inestabilidad política que caracteriza al gobierno de José María Balcázar. Esta decisión presentada como «irrevocable» en su carta y acompañada de un detallado balance de gestión no parece responder a un acto de responsabilidad personal genuina, sino a un cálculo frío para evitar un probable rechazo parlamentario que habría profundizado la crisis de gobernabilidad.

Miralles, una técnica de carrera con sólida trayectoria en políticas públicas, tributación e inversiones, llegó al cargo con el perfil de «funcionaria técnica» que el Ejecutivo necesitaba para proyectar seriedad en medio de un contexto electoral cercano (a menos de un mes de las elecciones generales de 2026). Sin embargo, el gabinete que lideraba ya acumulaba señales de rechazo anticipado por parte de bancadas clave como Avanza País y Renovación Popular, que exigían cambios o directamente su salida. El fantasma de un voto de confianza negativo que habría obligado al presidente a recomponer el gabinete o incluso arriesgar una moción de vacancia pesó más que cualquier plan de continuidad.

Este episodio desnuda la fragilidad estructural del actual gobierno premieres que duran menos que un mes, cambios ministeriales constantes y una incapacidad evidente para construir mayorías estables en el Congreso. La renuncia «preventiva» de Miralles no fortalece al Ejecutivo; al contrario, transmite debilidad y desesperación. Enviar un nuevo premier (Luis Arroyo Sánchez) con un gabinete remozado justo antes del voto de confianza puede ganar tiempo, pero no resuelve el problema de fondo la falta de un proyecto político coherente y de alianzas sólidas.

En un país que arrastra décadas de inestabilidad institucional, este tipo de movimientos exprés solo alimentan el descrédito de la clase política. La premier saliente deja un balance que, aunque detallado en su carta, no logró traducirse en respaldo parlamentario ni en percepción ciudadana positiva. El mensaje implícito es claro: en el Perú de 2026, ser premier técnico ya no alcanza; se necesita ser premier político, y ni siquiera eso parece garantizar la supervivencia.

Lo más preocupante es el timing a semanas de las elecciones, estos vaivenes refuerzan la narrativa de un gobierno en piloto automático, sin rumbo ni liderazgo. Los peruanos merecen estabilidad, no rotaciones exprés que parecen más un juego de sillas musicales que una gestión seria del Estado.

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